Alberto Justel Lera
MUSA
La musa se esconde. Os tiene miedo a los hombres que conocéis los amaneceres de vuestros mañanas. Se oculta de los mecánicos gestos de cariño, de todos aquellos besos gastados y cien veces usados.
La musa no se muestra delante de nadie, si no que discretamente se desliza por la noche en tu cuarto y te arropa para que sueñes con ella.
La musa no siente nunca la obligación de trabajar, es libre y te conseguirá para ella, jugará con tus pinceles pero te los devolverá para hacerte que la pintes.
La musa corta las corbatas de los hombres porque las odia, sube las faldas de las chicas hasta donde comienza a dejar de ser muy poca tela, lleva a los amantes a entregarse en una primavera de abrazos y cuenta los lunares de tu vestido de sevillanas y te dice el número al oído.
Porque la musa quiere que te comas las uñas, que mastiques los lápices, que te rasques tan fuerte la cabeza que te hagas sangre para pensar mejor.
¿Y cómo lo hace? Pues... lo primero te prepara zumos de naranja cuando te despiertas, te pone el agua de la ducha a la temperatura que a ti te gusta, te sopla en la cara cuando tus párpados se van cerrando y sobre todo, sobre todo consigue que jamás duermas solo, que siempre tengas ese olor a fresa flotando en tu almohada.
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Alguien dejó esta gota encima de la mesa. Le pregunté a la portera si había visto a alguien entrar en mi casa llevando una gota encima pero me contestó algo sobre mi no-se-que que no acerté a entender.
Bajé esa misma tarde a la comisaría del barrio e intenté poner una denuncia por allanamiento de morada. “¿Le han robado algo?¿Le han roto muebles u otras pertenencias buscando dinero, joyas...?” me preguntó el policía. “No, sólo me han dejado una gota encima de la mesa”.
A los pocos minutos estaba en mi casa con cara de tonto y sin tener mucha idea de que hacer con esa gota. Me dirigí hacia la caldera y puse la calefacción a tope esperando que el principio de la evaporación de los líquidos me echara una mano pero ni por esas. Al día siguiente todavía la tenía ahí como riéndose de mí, poderosa, fuerte, conocedora de mi debilidad.
Decidí pasar de ella y seguir realizando mi vida normal como había hecho hasta que esa intrusa se entrometiera en mi vida. Pero ella siguió inamovible, con un descaro que habría convertido al propio James Dean en una lobotomizada azafata del telecupón.
Cada vez me daba más miedo acercarme a ella. Empecé interponiendo un biombo entre la gota y mi cama. Para empezar no apetecía que me viera desnudo. Poca gente me ha visto desnudo en mi vida aparte de mi padre, mi madre y algún que otro doctor cuando me he puesto malo.
Al final acabó echándome de mi propia habitación y tuve que machacar mis costillas contra el rígido sofá cama del salón. Tenía que hacer algo, debía enfrentarme a ella. Ya estaba bien no? ¡Estaba en mi casa! Me dirigí hacia ella con la espada en alto (bueno, en este caso con una bayeta del Carrefour) y le exigí que saliera en ese momento de mi casa...
Pues bien, se me encaró de tal forma que aún la tengo ahí y lo que me queda…
Lo peor no es que se beba mis cervezas o que se meta con mis amigos cuando vienen a ver el partido, no. Lo peor es que de vez en cuando la muy perra me recuerda que fue una pequeña musa la que se marchó para siempre dejándome solamente una colección de discos viejos y una gota de algo muy especial.
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Era una abejita con su aguijón de caricias intentando entrar en unos muslos de plata.
Fue un asedio de algodón de azúcar contra una piel de mantequilla, contra unas caderas sitiadas por un enjambre de besos.
Fueron pequeños mordiscos con dientes de plumas haciendo cosquillas a pechos ingrávidos.
Ocurrió en ese momento en el que los dedos reciben el regalo de los primeros rayos de sol y el pasado quiere dejar de serlo.
Había neblina en la habitación y ya no se distinguía la sangre del sueño. El licor había empapado la almohada y todo olía a ternura y vainilla. Las bocas chocaban casi por casualidad como dos péndulos espaciales inmersos en una atmósfera magnética.
Los zumbidos de la abeja se oyeron cada vez más. Empezaron a rajar las paredes y a reventar cada listón del parquet. Las sienes palpitaban rellenas de pistones de fuego, puros volcanes. La lava descendía por los cuellos, el vapor subía...
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Esas canciones que consiguen que te pueda amar, como dice la canción, vengan del Penta o del Louie, del Tupper o de la Vía siguen siendo en muchos momentos, junto con todas esas melodías con las que cierro los ojos todas las noches, las pequeñas razones para no rendirme al temporal, para no creernos a todos completamente derrotados.
Pero en el fondo se que lo estamos. Los mordiscos y los besos se confunden y ya no saben de quienes ni a-quienes. Se lanzan y se recogen del aire como el agua que se evapora del mar y vuelve a caer sobre los lagos. No nos queremos, nos utilizamos para amar, para sentir que no somos la caja de cartón que envuelve el precioso frigorífico no-frost.
Las relaciones entran en la cinta transportadora y son arrastradas por la línea de producción que las va moldeando y adaptando a los gustos del gran consumidor.
El capitalismo económico consiguió controlar nuestros cuerpos, el capitalismo sentimental nuestras almas.
Hagan juego señores, la ruleta gira y desde aquí les anticipo que no tendrán suerte.
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Por esos colchones de muelles reventados
Por esos lápices de puntas romas
Por esas risas
Por esas mañanas abrazados en horizontal
Por esos tequieros sonámbulos y esas caricias a ciegas
Por esas duchas de besos y ninguna toalla
Por esa cabezas sobre esos corazones
Por esas manos sobre esas pieles
Por esos silencios llenos de miradas
Por esas miradas que piden silencio
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Wendy estaba apoyada sobre la barandilla de cubierta. Era casi luna llena y el mar dibujaba un caminito de leche que conducía al infinito. No se veía tierra, no se veían más barcos.
Se sentó en una silla y echó la cabeza hacia atrás para liberar su precioso pelo rojo. Tomó aire muy despacito y volvió a levantarse. Quería sentir la sensación de tener la brisa jugueteando con su vestido.
Dio un traguito a su copa y sintió el río de delicioso fuego en su garganta. Después tomó la botella y echó un chorrito en el mar. Tenía delante de ella el mayor whisky con agua del mundo. Un suave cóctel salado.
En ese momento se empezó a desnudar muy poco a poco, acariciando su cuerpo, tocando cada centímetro de piel que su ropa había tapado. Parecía como si quisiera revitalizar la carne aprisionada. La corriente de aire la fue dirigiendo poco a poco, llevándola al hogar de las palabras bonitas y los sueños sin pesadillas. Las olas la hicieron dormir.
Me había sentado en lo alto de la colina sobre una enorme piedra de granito a esperar que viniera mi musa. Me había propuesto no moverme de allí hasta que no notara su compañía a mi lado.
Me había subido el cuello del abrigo porque empezaba a hacer frío y había metido las manos en los bolsillos.
El viento estaba golpeando con fuerza como desperezándose después de un verano y otoño tan largos. Se había dado unas vueltas alrededor de donde estaba y parecía que había decidido volver a embestir.
Tenía las orejas y la nariz como pegadas al cuerpo con una cola barata y los meñiques de los pies con una preocupante sensación de hormigueo.
Las alucinaciones peleaban por aparecerse ante mis ojos. La castañera con su larguísimo agitador metálico, pelo recogido en moño y vestido de luto eterno, la cabra con su perillita, los rosados pies de la bailarina de ballet que entró por mi ventana, los obreros de los muelles de Nueva York, y hasta las bellezas más ocultas del Machu Pichu. Estaba toda la familia, pero ni rastro de la musa.
Le había traído su tarta favorita (obviamente la de chocolate) y hasta unas zapatillas de estar en casa de esas de borreguito por dentro y todo, pero nada, no parecía que fuera a aparecer.
De repente llegó un telegrama: TE VERE PRONTO STOP SUEÑA MIENTRAS STOP NO FUMES STOP SALTA A LA COMBA STOP RIE STOP TE HARE DESCUENTO ESTA VEZ STOP
Y ya, con este aviso, con todos los avisos bonitos y maravillosos del mundo reunidos en uno solo, el de que llegaría pronto, cerré los ojos y las manos y la boca y abrí todo lo demás.
Me saturé de olor a madera, jara, tierra húmeda, fresa, miel. Me quedé casi sordo con los ruidos de las golondrinas y los grillos y me quemé con la luz de la luna y su resplandor.
Bajé de la montaña con algunas cosas nuevas por dentro y por fuera sabiendo que en la ladera me esperaba una guapísima sirena de escamas plateadas y pelo rojo.
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Dicen que cuando se desequilibran las fuerzas centrífuga y centrípeta de una estrella (esto sucede cuando, la pobre, viejita ya, deja de latir) toda la masa se apelotona formando una pequeña bolita tremendamente pesada.
También dicen que esta bolita es más densa que las empanadas de las abuelas y el plomo más plasta (incluso más que la poesía existencialista) y que al ser tan densa y gracias a la acción de la ley de la gravitación, que dice que cuantos más bollos comes más tiendes a pegarte con las cosas, empieza a absorber todas las particulitas que tiene a su alrededor (ya sea polen, canela o gotitas de tu perfume) formando otra bolita igual de pequeña pero todavía más pesada.
Por lo que he oído, este proceso continúa durante generaciones y generaciones de galápagos del Congo (que son los animales más longevos sobre la faz de este precioso y andrajoso wok que tenemos por planeta) hasta que se come todo lo que tiene cerquita y no tan cerquita.
Cuando acaba, parece ser que esta pelota glotona sigue hambrienta y desea todavía más.
En algún punto de esta historia (no tengo muy claro dónde) la estrella, divina ella, deja de serlo y pasa a llamarse agujero negro por una razón tan poética como contundente. La luz, exploradora intrépida de todos los rincones del universo, en su vuelta ciclista a la galaxia, se encuentra con nuestra amiguita y cuando esto sucede, Cupido, es decir, el Gran Gravitador Universal, lanza sus gamberras flechas que ensartan los corazones a la deriva de estrella y fotón dejando todo lo que les rodea en la más oscura de las oscuridades oscuras.
Un fotón (que se me había olvidado explicarlo) me cuentan que es algo así como un granito de azúcar que en combinación con muchos otros forma chorros y chorros de luz. Desde la que te lanza el sol por las mañanas hasta la que nos acaricia a ti y a mí en esos momentos en los que estaríamos mejor sin ella.
Entonces (que me lío y no acabo) este fotón y todos los demás, se enamoran tanto de la estrella que tienen que dejar sus errantes vidas de obreros del alumbrado para caer rendidos en los brazos de una amante tan absorbente como despótica, tan cariñosa como mortal. De ahí el nombre de agujero negro niña mía de ojos de azabache.
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Atención señores viajeros, Metro de Madrid informa que está prohibido no besar a su compañera, que no se permite salir del metro sin arrancarle una sonrisa a la niña que está triste porque no le han comprado el globo de Shin-Chan, que es obligatorio acariciar a sus abuelos y ponerles en el mp3 esa copla con la que se enamoraron y que no se autoriza a fumar si no es después de haber hecho el amor miles de veces con la persona que signifique toda su vida. También se recuerda que para evitarles esperas innecesarias en taquillas ya están a la venta sus bonos de buen rollito para el próximo mes, sus cupones anuales de felicidad compartida con los buenos amigos y sus protectores siderales contra violencias de pensamiento, palabra, obra, y omisión.
Por otra parte nos complace informarles que se encuentra cortado el servicio entre Banco de España e Iglesia. Pueden tomar un itinerario alternativo por Sol, Estrella y Lucero aunquedebido a una avería en nuestras instalaciones Avenida de la Paz estará temporalmente fuera de servicio. Esperamos que, con la ayuda de nuestros técnicos, que molan cantidubi, esta estación se reabra pronto al público.
Próxima parada esperanza (Copyright Manu Chao). Estación en forma de corazón, tengan cuidado para no introducir su pasado en su futuro. Correspondencia con línea: circular (tengan más cuidado todavía).
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*No es verdad
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GOTA
Hola, soy una pequeña gota de saliva. Me reconoceréis por mi aspecto un tanto acuoso. Me encuentro un poco perdida y mareada, como si fuera a la deriva. Tengo unas diez horas de vida y de lo poco que me acuerdo de mi juventud os puedo decir que ha sido apasionante. A las ocho de la tarde estaba en la boca de Carlos cuando Sonia me recogió en su lengua cálida. Sonia me dejó en Javi una media hora después y estuve flotando en el beso más tierno que he visto nunca. Javi y Andrea estuvieron pasándome de boca a boca hasta que Andrea me depositó con suavidad en los finos labios de Susana. Después de Susana vinieron Nacho, Teresa, Antonio y Julio en este orden. A eso de las tres de la mañana me hice un interrail entre las piernas de Marta y acabé juntándome con mis primas en la boca de Rocío. Rocío me dejó en este mar de ron con limón donde estoy ahora en el que tres grandes icebergs pelean para mantenerse a flote. Esquivo los tragos furtivos de Tania, Fede y Lorena porque a mi me ha gustado Rocío y quiero volver. Se que tarde o temprano acabaré deslizándome por su lengua pero lo que no tengo ni idea es de donde estaré media hora después. La incertidumbre de lo que ocurra en el futuro es un sentimiento un poco intranquilizador aunque no me importa, estoy preparada para todo lo que tenga que venir, me considero una aventurera, siempre me ha encantado el turismo.
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¿Cómo andas de besos corazón? yo regular, a veces recojo alguno que te dejaste por casa. Los encuentro en todas partes (aunque cada vez menos). He visto alguno en la cocina, unos cuantos en el sofá y muchísimos bajo la almohada. Se debieron colar mientras no mirábamos. Claro, estábamos a otras cosas...
Los que he podido recuperar los he metido en un botecito de cristal para poder mirarlos cuando quiera sin que se me escapen.
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“El gatito estaba en la terraza y la niña lo miraba. Desde la calle se veía el segundo piso perfectamente y el gatito...”
Estaba intentando escribir esto pero el boli no me ha dejado, me ha pedido que lo estrangule y que lo queme vivo. Así lo he hecho y con lo que os escribo ahora es con este estúpido cacharro de alta tecnología nipona. El zumbido del ventilador que protege la CPU para que no se convierta en una fondue me atrona hasta la más recóndita ramificación de hipotálamo (si es que el hipotálamo tiene ramificaciones. Si no, del cerebro, cerebelo o lo que a cristo o a Sadam Hussein les parezca oportuno).
Total que aquí estoy como un funcionario del absurdo escribiéndoos sobre la manera más fácil de preparar un guiso con cebolla confitada con anacardos garrapiñados o cómo sobrevivir a un ataque con gas mostaza. Lo que importa en el fondo es el ritmo, la sensación de que el compás se mantiene. Un dos, un dos... Si tienes claro esto ya puedes estudiar física cuántica o deshacerte en lágrimas con la telenovela de las ocho.
La gente no sabe que las palabras que salen de la boca tendrían que pasar por tantos caminos para volver a entrar que no merecería la pena el regreso por lo que el adjetivo dicho en el peor momento se mantendrá flotando en el aire hasta que encuentre al aludido y le atice con toda la cruda realidad en plena boca.
Una montaña de uñas recién arrancadas a mordiscos y escupidas sobre la alfombra (por muy persa, siria o normanda que sea) sólo representa (como si fuera poco) que en este mundo no tenemos más vitaminas en nuestra risa que las que hay en una hamburguesa del krusty-burguer.
Aunque de todas estas cosas no está bien que hable un extraño, mejor que las vayáis conociendo vosotros mismos.
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Y ahí estaba yo, con las uñas de los dedos como después de ver una de esas pelis del calvo gordito enamorado tanto de las proyecciones de background como de sus rubias actrices.
Porque sí, porque tenía las manos temblando con rajitas por donde se filtraba el agua de lluvia y las gotas de alcohol y que una vez congeladas se expandían y agrietaban rasgando toda la piel.
Porque esperaba la muerte o al menos un dolor tan mortal que de puro mortal me dejase con vida sin poder siquiera suicidarme.
Algo así como estar en el dentista con dos algodones en cada moflete temblando sin poder moverte, con tres pinchos afilados en la lengua y cuatro manos hurgando en tu interior, violando tu boca, desvirgándote y abusando de ti.
Mi mirada no puede engañar. Te mira a ti, mira al infinito o incluso no mira, incluso con los ojos cerrados no sabría mentir. Mi mirada atravesaría los párpados para decirte que algo no marcha. Justo aquí entre estas dos costillas.
Y luego ya sí, luego ya puedes poner la calefacción del coche a tope, o darme tus guantes de lana de puro ovejo-kebab, tu gorro boliviano con dibujitos de perritos y casitas andinas e incluso tu bufanda de rayas jamaicolas (que me pregunto yo para qué querrán en jamaica una bufanda por muy macanuda que sea) que todo será inútil. El frío me habrá empalado como les hacían a las brujas en la inquisición y el rayo helado me habrá dejado partido en dos mitades que al unirlas no formarían más que un cuarto de lo que algún día fui.
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Era una exposición especial. El artista afirmaba que su creación era el no-arte, que todo lo que quedaba de puertas para fuera del recinto era pura bohemia. Así, él había construido una isla de mediocridad que flotaba en un mar de ingenio y de asombrosos misterios. Se había desligado de la corriente generadora de belleza y grandiosidad que cada ciudadano poseía y había edificado un universo de caóticos escombros.
Pero no había más que oírle para darse cuenta de que algo fallaba en su planteamiento. Hablar diez minutos con él, escucharle, observar sus profundos ojos, era comprender que estabas delante de un poeta cubista. Sus palabras se fragmentaban en planos de formas, texturas, colores y tamaños. Todo él era un cuadro de Juan Gris. Sus naturalezas muertas habían sido siempre botellas de champán y rayas de cocaína pero él estaba inundado por el virus de la genialidad más fresca. Era el hombre de los sueños diurnos y los amaneceres nocturnos, el verdadero chamán de la más sincera, pura y absoluta vida.
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- Escucha. Shhh. ¿Oyes ese ruido?
- Sí, parecen unos muelles.
- Exacto, son unos muelles. Los muelles de una cama. ¿Escuchas su cadencia?
- Sí, ahí hay amor.
- Hay mucho más. Hay poesía, cuerpos en verso queriéndose, arte de contacto, fuerza creadora, ímpetu animal, volcán de vida.
- Llevan ya tiempo.
- Pero ahora se hace más presente el ruido, comienza a introducirse por los tímpanos, se cuela por todos los poros de la piel.
- Yo lo noto aquí dentro, retumba en mis paredes interiores. Noto el eco.
- Cada vez es más ensordecedor, está haciendo tambalear la estructura del edificio.
- Se va a caer.
- No, esto no destruye, esto construye el mundo, las almas, las vidas, los corazones.
- Tengo miedo, mi cabeza se está calentando, mi presión sanguínea aumenta, no se que me está pasando, no lo entiendo...
- ¿No lo entiendes? Ven a mi cama cielo, te lo voy a explicar.
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Receta para mi pastel de cumpleaños.
Ingredientes
10 gramos de tus labios
5 kilos de tus pestañas
Lonchitas de tu piel
Tus caderas
½ cucharadita de tu saliva
Dos o tres gotas de tu sudor
Elaboración
Pelar tus capas como con una cebolla, llegar a tu interior. Verter tu contenido sobre mí y remover durante muchas, muchas horas. Introducir en el horno la mezcla resultante y calentar a máxima potencia. Sacarlo cuando esté bien fusionado y servir sin dejar enfriar bajo ninguna circunstancia. Se puede (debe) acompañar de todos los besos que se quiera.
Nota
Los ingredientes son muy difíciles de conseguir pero deben ser estos y no otros los utilizados. De otra forma el resultado no tendría nada que ver.
Por otra parte, la elaboración, una vez conseguidos los ingredientes, es extremadamente sencilla (aunque puede dar alguna sorpresa a cocineros primerizos).
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Cama- N.f. Dícese del lugar que nos sirve a ti y a mí para querernos. Todo aquel sitio donde nos abandonamos a la horizontalidad, donde tú y yo nos buscamos y siempre nos encontramos. Lecho en el que te beso (me besas), me tocas (te toco), nos exploramos (se exploran).
~Sinónimos: portal, sofá, encimera, piscina, césped, playa, coche, casadeamigo...
~Antónimos: Oficina, ministerio, iglesia, caja de ahorros, distancia, ruptura, olvido...
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Seis, sexto. Un seis en tus caderas y en tu entrepierna. Lluvia de pecados en tu boca. Expulsión inmediata del paraíso, pasaje directo al infierno. Litros de actos impuros. Sudor y semen sobre tu altar. Comulgarte tu santa cueva, tus profundidades. Beber de tu cáliz de blasfemia. Bendito el que te goce. Amén.
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El excursionista, Pablo, un hombre con un corazón de Mouse de chocolate con extra de nata, se encontró cara a cara, en aquel escenario urbano tantas veces pisado y manoseado con el abominable hombre del tiempo.
Éste estaba en la terraza más oscura de toda la calle en la que no se atrevía el viento ni a levantar las servilletas. Junto a él, estaba su íntimo amigo el abominable hombre del tráfico.
Ambos, enfrascados en sus partes respectivos del día siguiente, aventuraban niebla y atascos, lluvia y retenciones. Anotaban en sus cuadernillos las previsiones para la ciudad, el estado, el continente, el planeta y el universo. Obras en Casiopea, zona norte cortada al tráfico, circulación lenta en el tramo oeste del tercer anillo de Saturno, nieve en Alfa-Centauro, riesgo de granizo en la glorieta de Bilbao…
Pablo, el excursionista, antes de verles ya sabía que no andaban lejos. Por eso, cuando los tuvo de frente, no llego a asombrarse tanto como podría haber sucedido. Su sentido arácnido, aprendido en los boy-scouts de su barrio, se había activado ya hacía un tiempo.
-Aquí están –se dijo. Nadie nunca les había visto tan de cerca. Llevaban años actuando impunemente en la ciudad. Temporadas y temporadas escribiendo el futuro y dándoselo digerido a los demás, robando la libertad y la sorpresa, eliminando toda espontaneidad. Nunca fallaban, eran unos asquerosos relojes suizos que habían encadenado a los habitantes a la rueda de futuro de sus designios.
Éste era el momento para Pablo el excursionista, la oportunidad de matarles, de devolver a los ciudadanos toda su voluntad y creatividad.
Pensó durante varios minutos. Llegó incluso a dibujarse una interrogación en la cabeza de tanto rascársela. Mil pensamientos contradictorios lo abordaron, ¿Qué hacer?¿Qué sería lo moralmente correcto?
Cuando casi había tomado una decisión recordó que al día siguiente había quedado con Marta. Él la iba a pasar a recoger y se irían de viaje a la playa el fin de semana. Pablo estaba profundamente enamorado de ella. Hasta incluso había días que se le olvidaba respirar pensando en Marta y se acordaba a eso de las once que sin oxígeno tampoco podemos vivir.
No pudo resistirlo. Abrió la boca como un niño para comer un potito y dijo: “Quiero saber qué tiempo hará mañana y si habrá atasco en las salidas de Madrid”.
Los dos adivinadores dejaron súbitamente lo que estaban haciendo. Con los ojos como sandías abiertas por la mitad se giraron y miraron de arriba abajo a Pablo el excursionista. Poco a poco se destensaron los gestos de sus caras, fueron entendiendo la situación y, con miradas serenas como las de un oso panda y con calmadas voces como la de abuelo de Heidi, los dos dijeron a la vez: “Mañana te enterarás querido amigo, mañana te enterarás”.
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Lucía le había dejado la almohada llena de polvo de piel. Él se había empeñado durante toda la noche y, a fuerza de caricias, había sacado aquel fino talco del blanco y suave mármol de su epidermis.
Ahora tenía la magia, la especia, la arenilla de estrellas, pero le faltaba algo, el pelo. Ese naranja fuego sobre la piel de yogur. Siempre había estado enamorado de los toboganes de sus rizos color puesta de sol en el mar.
Lo necesitaba, era imprescindible para envolver ese paquetito de polvo de hada. Sin ello sería como un regalo del día de la madre sin el garabateado: “te quiero mama” entre rayas paralelas (aquellas que se cortan en el infinito o más allá dos-más-dos-son-cuatro).
Buscó aquí y allá, sobre todo allá que era donde más tiempo habían pasado juntos.
Buscó en sus tibias, su nuca, sus rodillas, su ombligo, su esternón, entre los dedos, detrás de las orejas, bajo las uñas y hasta en la cadera pero nada, no hubo suerte, ni un solo rastro de Lucía.
Desesperado por buscar y no encontrar se sentó finalmente en el sofá de tela azul del salón y cerró los ojos para no pensar, para relajarse.
Casi se estaba quedando dormido pero algo se lo impidió. Un olor conocido le hizo recordar en un instante tantas cosas que creyó que su cabeza y su corazón iban a echar a volar. Películas, discos, tés, tardes en la bolera, noches en silencio, despiertos, mirándose, sin llegar a tocarse, sin atreverse a mover un músculo.
Este olor venía de un cojín del sofá, del lugar donde descansó la cabeza de Lucía aquella primera siesta, del sitio donde un maravilloso cabello (color labios después de un beso) llevaba lunas y lunas esperándole.
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Esbozo de conversación