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Narrativa

1) Un relato breve escrito sin verbos:

       Decepción sin verbo

 

            Un silbido y el tren en marcha con su  inconfundible traqueteo hoy más sofisticado. Lucrecia con una sonrisa de placentera satisfacción y tan sólo una imagen en su pensamiento: la cara de asombro de Daniel ante su intempestiva llegada.

Después de nuestra acalorada discusión de anoche, toda una auténtica locura, pero ¿por qué esa disputa sin razón?  La proyección mental de su inquietud.

            El viaje casi interminable y el paisaje detrás del cristal un borrón sin contornos claros a causa de la gran velocidad. Toda distracción ausente en un tiempo eterno a la luz de la impaciencia. Frente a sus ojos una joven oriental, como uno más de sus dos pequeños hijos, con sonora risa en mitad de un alegre juego. Un verdadero contraste frente a la angustia de Lucrecia por la posible aceptación o rechazo de su osadía por parte de Daniel. Su actuar con un único y posible resultado, solamente la verdad como respuesta a sus dudas: ¿escombros, o el inicio de una nueva etapa?

            A la vista ya la boca de entrada a la estación y de pronto el final del lento movimiento del tren. Un taxi y en diez minutos el telón arriba y todo claro.  El andén repleto y allí como una ráfaga la figura de Daniel. ¡Imposible! Sin lugar a dudas una mala pasada de un espíritu inquieto; un error a causa de esa incertidumbre sin control.

            Ya en la plataforma con su equipaje en la mano, dentro de su alcance visual, dos vagones más atrás, ese perfil inconfundible.

¡Daniel aquí! ¿Cómo? su inusitado asombro.

Lucrecia entonces ya con los pies sobre el andén y a contramarcha del gentío, con el paso decidido y el corazón a la espera; él, ajeno a su presencia, contento con el abrazo de una extraña. De pronto el sobresalto y la última mirada entre ambos. Un ruido sordo y el trágico final de esa cruel decepción. Ellos, dos víctimas más del atentado.

         Beatriz Moreno Durán
                                                                                   21/07/2006

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2) Dos cartas de amor de Dulcinea: Un amanecer en La Mancha y El sueño de una carta.

Carta: “Un nuevo amanecer en La Mancha”, perteneciente  a recopilación “La pasión de Dulcinea en sus cartas de amor”

 

Mi bien amado señor:

            Los ojos de la pared gris me dicen que brilla fuera el sol de la mañana, y me sorprendo todavía recordando su rostro, peregrino viajero en mi memoria. Me sumerjo en el profundo infinito que me ofrece su mira y me siento libre y a la vez prisionera. Suspiro y sin querer me interno en el abismo de lo no conocido. Adivino y presiento su hoy y descubro la chispa de asombro que ocultaba su hombre y que dejó escapar tan sólo para mi, en fugaz intento, su eterno ángel y su siempre niño.
            Sin más surge el interrogante, y nace la  pregunta. ¿En qué manos hallaré la ternura pasajera que cure mi pena, devolviéndome la fe que se ha marchado de mi alma que en su aflicción no reza.
           La noche ya ha quedado atrás, pero yo ahora la evoco, pues en su murmullo azul abrió un ingrato instante en que mi voz calló y desvanecida la racional conciencia dejó de oír los ecos de inacabables voces que invadían el recinto. Percibí el efímero ensueño eternamente calmo, que sin ser inconsciente sueño, no pudo resignarse a la simple vigilia.
            De apoco, me invadió el sosiego con su inagotable caudal de fantasía y de sueños. Fue un momento en que mi alma intentó la fuga de su prisión perpetua y voló con veloz desenfreno perdida en los suburbios del misterio. En ese instante mi mirada se volcó sobre su ser, distante y ausente de la terrenas escena, pero hecho espuma en mis mares de éxtasis.
            Melancólica me evadí, contemplado los ocultos espectros habitantes en mi espíritu, que en mágicos rituales desempeñaban su obra. Fantasmas de poesía, de dudas, de amargura, que en una misma danza libraron sus poderes y absorbieron por completo mi humilde pensamiento. Enmudecieron mis labios en sepulcral silencio, mientras mi mente perdía conexión con la tierra y mi alma se aventuraba a recorrer mil mundos en busca de su estrella.
            Mi vida se escapaba de apoco por los poros y mis células minúsculas y eternas suspiraban como granos de arena sobre playa dorada del verano y ardían en su hoguera de temor y deseo.
            Oh…, singular estado del espíritu que indefectiblemente sin preguntar emana. Ah…, de su cuerpo y el mío, de su alma y la mía, en los mares de sangre que tempestad desatan, en olas audaces de sensual desenfreno, que chocan con las rocas de murallas construidas en defensa de un sueño.

            Cuántas veces la brisa de su lejano amparo atenuará mi pena, apagando los fuegos que sin tregua indolentes me asechan y condenan. Células y células terribles y pequeñas, que al soñar el calor de su abrazo o el sabor de su beso o el presuroso andar de su agitado aliento sobre la recta trama de mi afilado cuello, se avivan en las llamas ardientes del deseo. El ángel del espíritu y el demonio del cuerpo, en singular torneo de abstracción y materia.
            Mi dulce señor, sólo mi dueño, tu amante me confieso y del derroche sin límite y extenso, voy en busca del espacio hallado, dimensión estrecha, sin más, de lo vivido, para saber tal vez si habrá medida, en todo aquello que he perdido.
            En este instante apagado que desgrana en un todo mi presente, surge el vació que en nada me convierte y me ofrece tan sólo esta mañana en que le escribo.
            Me empeño una vez más en rescatar el beso muerto que ha dejado en mí, aún con vida, el gesto repetido del cariño. Tomo el sorbo de amor que no he bebido, para andar por siempre en su camino, en busca de ese amor aún no perdido.
            Nutro entonces de valor mi cobardía, de temer que su huella –fugitiva incansable-, para siempre se marche, dejando el espacio de su paso, que me pruebe tan sólo que se ha ido.
            De este despertar plagado de cansancio, atrapo el lugar que está vació, para intentar poblarlo mi señor, nuevamente contigo, en un tal vez mañana sin herida.
            Más allá del tiempo, siempre vuestra,
                                                                                       Dulcinea

Beatriz Moreno Durán
                                                                           Junio 1999
                                                                           Premio: I Concurso “Confesiones de Dulcinea”

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                               El sueño de una carta

                            Mi bien amado señor:

     Una vez más, Dulcinea se hace presente sobre el estrecho margen de un papel ajado por el tiempo, que al latido de tímidos trazos de espesa tienta, refleja como el sincero cristal de un espejo el candor de un amor hecho milagro en los espacios de nuestros sueños.
     En esa dimensión, usted, mi dulce hidalgo, pierde su triste figura y rejuvenece bajo el sedoso paño de la fantasía, con un perfil de viril y emblemática figura, para cabalgar a mi lado sobre un campo de aromática hierba poblado de frágiles y rojas amapolas.
     A nuestro paso, las enhiestas torres con astas empequeñecen y a los atracadores devoran los caminos. Hecho presente el caballero de La Mancha, se esfuma la burla y se acallan las risas frente a su estampa en las ventas, donde rechonchos mesoneros corren serviles al menor gesto de su designio.
     Ese, el verdadero Quijote amanecido con su piel redimida de lo arcano. El varón que a las damas arrebata suspiros con su fogosa mirada que encandila el alma y enciende la sangre con ardor de vida. Manantial de peregrinas promesas en sus cristalinos ojos, que acercan una acendrado voluntad, a la par que espolean las células herejes en un despertar de pasión adormilada.

     Yo, vuestra Dulcinea entonces convertida en Amandus, la diosa del caballo alado galopa junto a Rocinante, vuestro corcel más brioso que el mismo Bucéfalo, bajo el cielo manchego; ese soleado manto que cubre viñas y olivares. La glauca hierba nos es ofrecida como tálamo, mientras los labios se abren al beso en un florecer del íntimo cilicio de lo humano, palpitante en su instinto que reclama un rescate de esa ablución en el cavernario tártaro.
     Dos cabalgaduras, una sola sombra, y un transitar de siglos por delante para nosotros: Don Quijote y Dulcinea, con la sencillez de nuestra estampa en la letra de Cervantes, e inmortales arquetipos de belleza y virtud en los límites de la ensoñación.
     Estas líneas se desvanecerán a nuestro despertar, retornando mi amado caballero a su triste figura, y yo, a mi insignificante existencia, pero permaneciendo como siempre en este mundo, como la perfección del amor cual una añorada quimera.

                               Siempre vuestra,
                                                      Dulcinea 

                                    
                                    Beatriz Moreno Durán
                                                                                                   27/07/2007
                                                        

 
 

3)


betriz moreno duran                                                                   

Novela: “UNA LEONA COBARDE”                                                                                      
Primera parte: Una nueva realidad        CAPÍTULO I
  Al abrir los ojos esa mañana, ignoraba que la odiosa rutina con su metódico quehacer calcado,  nunca más estaría presente en mi vida. Medio dormida comprobé que mi despertador no había sonado, sin embargo, me tranquilicé al oír a Daniel y a Marisa aprontándose para salir. Maquinalmente cogí el salto de cama y bajé la escalera. Algo no funciona ─intuí─ al enfrentar la puerta de la cocina, que encontré inusualmente cerrada. Al entornarla, permanecí petrificada e incrédula al encontrar en su lugar, un cálido y acogedor estudio. Sobre un escritorio de un diseño increíble, brillaba la pantalla de un ordenador evidentemente dotado de sensores, porque sin haber cruzado el umbral  podía escuchar una voz impersonal diciendo: 
─Buenos días Elisa. ¿Preparada para escribir?
 ─ ¡Escribir! ¿Qué? ¡Daniel, Marisa! ¡Que alguien venga por favor! ─grité alterada.
Evidentemente, no me habían escuchado, porque en un estado catatónico, oí a ambos bajar a toda prisa informándome que se les había hecho tarde, que no tomarían el zumo, y sin que llegara a velos se marcharon cerrando la puerta. El ruido del  motor al encenderse me hizo reaccionar, salí corriendo, pero seguramente nuestro coche ya había doblado en la esquina. Entré. ¿Qué zumo hubiera podido preparar, sin cocina, ni frigorífico, ni despensa?
─ Sos idiota ¿Cómo podés pensar en eso ahora?  ─me reprochó mi voz interior con ese acento argentino casi olvidado.
El sonido del timbre interrumpió mis cavilaciones. ¡El cartero! Pero si a ese tipo no lo conozco,  ni es este su habitual horario de reparto ─neuróticamente repetía entre dientes mientras pegaba un ojo en la mirilla. ¡Otra vez! Instintivamente abrí. Lo tenía enfrente. Cordialmente el hombre me hizo entrega de un envío diciendo:
─ Hoy por suerte es viernes, día de la nutrición.
                        ─ ¿Pero qué está diciendo? 
─ ¡Qué como siempre os traigo la correspondiente actualización anual!
                                          Como un autómata y sin saber qué preguntar, cogí el bolígrafo, firmé el conforme y  cerré la puerta. Permanecí totalmente desorientada reteniendo el extraño sobre en la mano, en cuyo membrete de color púrpura leía: “Centro Nutricional Público, Conserjería Regional de la Secretaría de Alimentación y Abastecimiento Nacional”.  Retiré como pude el adhesivo y en su interior, donde esperaba encontrar una comunicación escrita, sólo había un sustituto de lo que hasta entonces conocía como un DVD, rotulado con nuestros apellidos.
Esto tiene que ser una singular  broma con cámara oculta incorporada. El responsable se va a enterar ─sentencié─. Miré la hora, habían  transcurrido unos minutos desde que mi hija y mi marido se habían ido. Valeria tiene aún que estar  en casa.
              ─ ¡Valeria! ─grité con angustia. ¡Valeria! ─seguía chillando en tanto subía la escalera.
              Trémula al no escuchar respuesta me aferré al pasamanos y terminé de subir.
 ─ ¡Qué es esto! ─vociferé espantada al llegar a su habitación y encontrarla totalmente       redecorada.
No estaba allí. Mientras la llamaba, continué subiendo al altillo, o lo que hasta entonces lo había sido y que en realidad, en ese momento, semejaba un gabinete de la NASA. Quería llorar de impotencia y frustración. No pierdas el control ─repetía mi mente, mientras mis piernas se aflojaban y caía de rodillas al piso.
 Esto es una pesadilla o tiene que tener una explicación ─medité inmóvil con las manos en la cabeza. Debo reaccionar. Me lavaré la cara y luego llamaré a Daniel y a Claudia quienes, sin duda, me aclararán esta humorada.
 Angustiada bajé nuevamente en busca del móvil; pero antes, esperando reaccionar con el agua fría, me encaminé al pequeño baño de la recepción. Si las cosas hasta ahí eran para desquiciar a cualquiera, cada vez se ponían peor. Para confirmarlo, hubiera bastado medir los decibelios del  alarido que pegué al enfrentar el espejo de encima del lavabo. Mi rostro que se veía más joven, como si me hubiera hecho ese lifting que desde hacía años tanto quería, lucía enmarcado en un nuevo corte de pelo, siempre lacio y de un tono rubio ceniza. Además, había perdido aproximadamente  seis kilos de los que tenía el día que  consideraba anterior a esa mañana. Miré el salto de cama que llevaba puesto y si bien era del mismo color y similar al de todos los días, tenía una textura extraña.  Respiré profundamente y me senté sobre la tapa del inodoro. Estaba al borde de una lipotimia. ¡No puedo darme el lujo de desmayos ahora! ─me recriminé. Poniéndome nuevamente de pié y decidida a no dejarme arrastrar por los acontecimientos, corrí en busca de mi móvil; que seguramente debía estar dentro del buró. Tenía que  comunicarme cuanto antes con Daniel.
¡Pero será posible! ¿Dónde diablos ha ido a dar?  ─rezongaba, a la par que revolvía, abría y cerraba los cajones. Ah…vaya, por supuesto, en el último. Me gustaría saber quién  lo ha metido aquí. Está totalmente desactivado. ¿Y el teléfono? No sólo no está el apartado del inalámbrico, sino, ¡ni siquiera la ficha de conexión! ¿Cómo me comunico ahora? ¡Piensa, piensa! ¡Pero qué idiota! ¡El ordenador, por supuesto! ─exclamé en vos alta, a esas alturas hablando sola─. Parada frente al nuevo estudio dudé en buscar mi portátil, el único que conocía, o intentar entender el de última generación que tenía a la vista. Como si hubiera presentido mi indecisión, ese chisme parlante con una disfonía pausada me informó:
 Activado; precisar operación.
─ ¡Quiero hablar con mi marido! ─contesté olvidando que sólo era una criatura inanimada; pero fue suficiente.
─Clínica de estética dental. Buenos días. Dígame ─pronunciaba al momento con voz nasal, un inexpresivo y desconocido rostro.
─Buenos días. Soy Elisa, la esposa del doctor; haga el favor de comunicarme con él inmediatamente ─le respondí sin miramientos.
─Ah…, perdón no la había reconocido. Lo siento señora, pero no puedo hacerlo. En este momento el doctor está con una paciente en la cámara de regeneración buco facial en etapa experimental; hasta que la luz no se ponga verde no puedo avisarle. Ni soñar con interrumpir el proceso. Sería ultra peligroso. ¿Me entiende, no?
Sin pronunciar palabra corté la comunicación.
Otra vez esa frustración insuperable, el nudo en la garganta y el llanto apremiante. Al buscar en mi bolsillo un pañuelo, me encontré el misterioso  DVD  y, superando mi curiosidad mi estado de desesperación, como hipnotizada lo coloqué en la disquetera. Al segundo, se abrió una ventana con conexión a la red, asomando en la misma la figura de una señorita muy simpática, quien dándome los buenos días, seguidamente recalcó:
─ ¡Que alegría que hoy sea viernes!, ¿verdad?
Estaba impecablemente vestida y maquillada. Si yo la veía a ella, ella me estaría viendo a mí, con mi cara de estupor, llorosa, despeinada y en bata. ¡Qué bochorno! ¿Qué digo? ¿Qué hago? ─calladamente me repetía en un absoluto estado de pánico.
Al instante:
─Elisa. ¿Está usted bien? ─preguntó. La noto muy desmejorada.
─ ¿Pero, me puede decir qué diablos es todo esto? ─descontrolada le contesté.
Inexpresiva e indiferente mi interlocutora, no sólo no dio respuesta alguna a mi interrogante, sino que además, con tono de suficiencia prosiguió:
─Veo que hoy será necesario dar pronto trámite a su suministro nutricional, habida cuenta del estado de alteración nerviosa que presenta. No se aflija ─agregó, pasa muy a menudo al límite de la dosis semanal.
Evidentemente, ese era un diálogo de locos y de nada me hubiera servido preguntar, ¿dosis semanal de qué? Me impuse ver hasta donde llegaban las cosas y como concluía esa mascarada que personificaba como protagonista, sin ni siquiera saber cómo iba el guión.
─Sigamos ─me limité a decir, para terminar cuanto antes e intentar hablar con mi hija mayor.
─Su información anual está en orden ─me confirmó─. Como siempre debe pinchar “aceptar”, si está de acuerdo con el horario impuesto a su grupo familiar para concurrir al Centro Nutricional. Su esposo figura en el grupo preferencial de profesionales de la salud, con suministro domiciliario. Por lo cual, son tres. ¿Verdad?
─En realidad somos cinco. Sin contar a mi marido y sí, a mi hija Claudia que estudia en Madrid y al perro ─contesté.
─Señora, le ruego que tenga un poco de seriedad que estoy trabajando y de mi labor depende la supervivencia de mucha gente, no me haga perder tiempo con bromas ─me reprochó.
Sin más diálogo, en un segundo, apareció en mi pantalla un listado de fechas y horarios junto a los cuales figuraba un “cumplido”, salvo en el último, el día en que aparentemente  estábamos, donde se señalaban titilando las 14,30 horas. La cronología  en cuestión databa del año 2011. Todo me daba vueltas, mientras con el ratón marcaba “aceptar” y un “finalizó la tarea” apareció en la pantalla para desvanecerse en las tinieblas.
 Al recobrar el sentido, estaba tendida en el suelo junto a la silla frente al ordenador, en tanto, mi nuevo chisme informático con esa voz, que para entonces  me resultaba familiar, repetía mi nombre. A mi angustia se sumó un fuerte dolor de cabeza. Con gran esfuerzo conseguí ponerme de pié. ¿Dónde está Valeria?  Por favor, quiero que esto se termine ─repetía mi mente como una letanía.
─ ¡No pronuncies más mi nombre, y llama a Claudia! ¡Necesito hablar con ella! ─dije con tono imperativo mirando hacia mi nuevo y enigmático amigo.
─Comunicando ─me contestó solícito.
Como por arte de magia ahí estaba mi hija, preciosa como siempre, pero distinta. Mayor.
─Hola mamá, ¿estás enferma? ─preguntó.
─Enferma no lo sé, pero desesperada sí ─le contesté conteniendo el llanto. Necesito saber qué es lo que sucede. ¿Y por qué no está Valeria en casa a esta hora? No reconozco nada de lo que ocurre a mí alrededor y…
─Bueno, ¡calla mamá! Valeria no está porque hoy rendía un global semestral, es decir, su examen presencial antes de las vacaciones de Navidad  y se quedó a dormir en lo de Ana, cuando salgan, su padre la alcanzará a casa.
─Claudia ¿qué día es hoy?
─Hoy es viernes. ¿Por qué?
─No. Quiero saber qué día, mes y año.
─ ¿Cómo?
─Lo que oyes, por favor dímelo.
─Hoy es 16 de diciembre del 2011.
─Efectivamente, concuerda con la última fecha que figuraba en el listado. Estupendo, tengo una…
─ ¡Mamá!, por favor, no sigas porque no estoy para tus historias ─me contestó colérica.
─Ahora… ─intenté proseguir. ¡Ni se te ocurra cortarme!
─Lo siento mami, pero en este momento no tengo tiempo. ¿Papá está a al corriente de lo que te está pasando?
─No, querida, no conseguí hablar con él, pero necesito…
─Está bien, no te aflijas. Va a ser mejor que interrumpamos este diálogo e intente contactar con él así lo pongo al tanto de tu recaída ─prosiguió notoriamente alterada.
─ ¿Recaída? ─ indagué.
─Sí mamá, una simple recaída de tu depresión. Por favor quédate tranquila y no hablemos más que estoy ocupada. No te comuniques con nadie. Llamaré a papi y le pediré que por favor vaya a casa.
─Como tú quieras. Pero comprende que estoy totalmente desorientada y ni siquiera puedo tomar un café.
─Lo sé, porque hace mucho que eso no se acostumbra. Pero, aún así, confía en mí,  hazme caso y no hagas drama. Hasta luego mami.
Cuando la pantalla se oscureció y dejé de sentir la presencia de mi hija, me quedé inmóvil, vacía, en un total estado de indefensión, dudando de mi cordura y procurando recordar lo que habíamos hablado. ¡Qué hace mucho “que no se toma café”! ¡Es que se han vuelto todos locos, o yo sola! Daniel no tardará en llegar y me aclarará que está sucediendo, así como qué ha ocurrido con ese segmento de vida extraviado en mi memoria. No cabe duda, estoy enferma, ¿pero de qué?
Intrigada opté por reconocer el terreno. Sí bien, esa era mi casa, debía redescubrirla. En mi dormitorio, aún cuando no lo había notado al levantarme por estar a oscuras y medio dormida , el papel y la moqueta no eran los mismos;  el edredón y las cortinas aunque mantenían los tonos blancos y azules, habían sido cambiados, y las lámparas, que me encantaron, eran nuevas. Abrí el armario y recibí la mejor sorpresa que puede ambicionar cualquier mujer, un guardarropa nuevo. Claro, era normal después de casi siete años.  Sin duda los diseños y las telas habían variado muchísimo. Luego, abrí el armario de mi marido, sus trajes, abrigos, camisas, también me resultaron  extraños.
Todo esto es demasiado ficticio ─reflexioné.  Seguramente dentro de poco me despertaré y esta pesadilla de sabor agridulce, se convertirá en un anecdótico relato con el que agotaré a mi familia y amigos por reiterado ─me convencí, proponiéndome continuar con esa fantasía personal. Antes que nada, me pondré uno de estos conjuntos informales tan monos ─me impuse con íntima satisfacción. Una vez vestida y arreglada me sentí mejor. Disfrutaría  mi sueño mientras durara. Ya tendría tiempo de volver a la rutina, a mi cocina, así como, regresarían la celulitis,  los kilitos de más, las arrugas, el peinado,  y el cepillo de dientes de siempre.
Con el ánimo recuperado, me prometí  indagar detalladamente en todos los cambios. Volví al dormitorio que antes Marisa compartía con Valeria, pero que en ese momento aparentaba ser sólo de esta última. Ahora resaltaban los  tonos rosas, blancos y malvas,  sus favoritos, y su guardarropa acusaba el estilo clásico de las adolescentes. Marisa seguramente se habría mudado a la  habitación de Claudia, quién evidentemente ahora no vivía en casa.  Abrí la puerta y efectivamente allí estaban sus cosas cuidadosamente colocadas, lo que me confirmaba que todo era irreal. Porque eso sí, estaba al filo de lo imposible.
De pronto, me acordé del perro. Bajé corriendo y crucé las dos salas. Por el ventanal que daba al jardín podía ver a Malena tendida sobre el césped. Ella también estaba más delgada. Esa hermosa husky roja como siempre saltaba esperando que le abriera la puerta para entrar; pero aún así,  parecía más sosegada. Por supuesto, ya no era una cachorra. Que alegría me infundió poder  acariciarla como de costumbre.
─Con todos estos singulares cambios ¿a ti como te damos de comer? ─le pregunté como si ella pudiera contestarme.
Mi inquietud lentamente se fue transformando en un estado de expectación. Sentía la necesidad de seguir avanzando en esa falsa realidad. Tanto fuera  un sueño, como mi verdadero presente, pude percibir que poco a poco mi espíritu volvía. Me dirigí a la sala seguida por Malena y busqué en la vitrina el retrato de mi madre. Ahí estaba como siempre, junto al de Julia, mi suegra.
─Hola  ─les dije a los sonrientes rostros como todas las mañanas, dándoles un beso. Mírenme un poquito desde donde estén ─continué en un diálogo silencioso con las dos fotografías. Ustedes saben que lo que me ocurre a mí, no le sucede a nadie. Además,  ya no soy tan joven para tomarme las cosas alegremente y a la ligera. Si pueden, ayúdenme a despertar o dormirme, a recordar o a olvidar, en conclusión, lo que haga falta para recobrar mi absoluta cordura o mi locura. Busco en definitiva, esos ojos que he perdido para poder reconocer mi entorno. Me siento como la versión femenina del cuento “El Loco”. Pero, en vez de mis máscaras, me han robado casi siete años de mi vida. Vaya, desde luego mi patología debe ser grave si  hablo con los retratos ─concluí.
La mañana se había pasado demasiado rápido. Era casi mediodía, cuando de pronto, sonó una melodía y me dirigí al estudio. En la pantalla apareció Marisa como siempre sonriente, pero con un aire más formal. Sin duda, ya tenía más de veinte años.
 ─Hola mamá. ¿Podrías venir por mí a la facultad? me preguntó con naturalidad.
─Bueno dije, tomada por sorpresa y sin mucha convicción, dado que no tenía ni idea a qué facultad debía dirigirme, pero pensando que mi marido, aún cuando se  demoraba, estaría al llegar─. ¿Dónde nos encontramos? pregunté con el afán de no dar muestras de mí desquicio mental  y recabar alguna información por las dudas.
─En las escaleras como siempre me contestó. Te espero, un beso, y cortó.
¡Qué espanto! Si Daniel no llega pronto ¿qué hago? En Alcázar no había universidad, pero ahora todo es posible; alguien me indicará dónde está. Garabateé una nota avisándole a mi marido que iba a buscar a Marisa y la dejé sobre el buró. Entré en la cochera esperando ver allí mi destartalado vehículo del pasado milenio, pero me esperaba otra sorpresa. No sólo se habían efectuado reformas quedando tapiada parte de la misma, sino además, me encontré frente un coche  nuevo de un extraño color  metalizado. Mi primer sobresalto al verlo, fue comprobar que parecía hermético, sin cerradura para poder abrirlo. Miré a mi alrededor, en una de las paredes había colgada una  caja guarda llaves; ahí estaba el mando. Al activarlo las puertas se elevaron lateralmente. Ese prodigio, contaba con todos los adelantos incluido un sofisticado GPS incorporado, el cual por suerte, mi marido me había enseñado a utilizar en los inicios de su aparición. Todo quedó bajo control. Sería el coche el que me llevaría en busca de Marisa y así fue.
Me sentía indecisa al no conocer el funcionamiento de ese, puertas levadizas del nuevo siglo, al que me había subido. Funcionaba con un biocarburante y su velocidad máxima era sólo de cien kilómetros por hora, contando con un ordenador capaz de realizar maniobras automáticamente  en caso de peligro. Lo más divertido fue ponerlo en marcha. A la vista no había contacto de encendido, claro está, porque se accionaba con la voz. Cosa que averigüé después de pasados más de cinco minutos, cuando cansada pronuncié en voz alta: ¿cómo diablos te pongo en marcha? Acto seguido el vehículo cobró vida. Permanecía intrigaba por saber, qué cambios encontraría en el que hasta entonces había sido mi hábitat natural. No tardé mucho en irlos descubriendo.
Al franquear el portón de la cochera y mirar a la derecha para ver si venía un coche, hubiera sido imposible no verlo. Como siempre, el club de tenis permanecía frente a casa, aunque ya no estaba delimitado por el alto seto que lo rodeaba y, en una zona perteneciente al mismo y antes descampada, ahora se alzaba un gran estadio de singular arquitectura. Desde luego, a aquél no cabía compararlo con uno de los faraónicos estadios de fútbol de Madrid, pero frente al sencillo y minúsculo perímetro con gradas donde recordaba se llevaban a cabo los torneos de tenis de mediana trascendencia en nuestra localidad, el nuevo resultaba descomunal. Vaya, ─pensé─, como hemos progresado.
El trayecto hasta llegar al campus universitario fue una secuencia permanente de asombro e incredulidad.  De pronto me sentí como una verdadera paleta ante las luces de la noche parisina. Para empezar, las casas antiguas cercanas a la mía se habían convertido en estupendos y  galácticos chalets. Mutando así nuestro desabrido barrio, en una encantadora zona residencial. Todo el polígono industrial y el cementerio habían desaparecido dando origen, entre otras cosas, a cuatro macro centros comerciales cada uno de ellos situado en una de las cuatro esquinas que formaban la transversal de la anterior carretera y la calle por la que transitaba. Cada uno de los inmensos colosos de cristal y acero, se intercomunicaban entre sí mediante  puentes acristalados; similares a aquellos donde se colocan las mangas de los aviones para ingresar directamente de éstos al aeropuerto o viceversa. Allí, la voz del navegador me aconsejó doblar nuevamente a la derecha para tomar por lo que antes fuera la carretera, ahora  convertida en una avenida. Todo lo que desde ella hasta el horizonte, otrora  fuera campo, hoy se encontraba totalmente urbanizado. A medida que avanzaba en lo que se había convertido en una ancha calle arbolada con especies tan perfectas que  parecían artificiales, todos eran cambios. En el lugar donde antes estaba casi olvidado el velódromo, ahora lucía la maravillosa y arquitectónicamente vanguardista construcción del pabellón multiusos para eventos de gran magnitud, de cuya edificación recién comenzaba a hablarse en la parte que mantenía presente del año 2005. Antes de llegar donde concluía la avenida, pude comprobar que aquél, pese a la distancia que alguna vez los separó, lindaba con un complejo hotelero acoplado a lo que originariamente se iniciara  como un hotel de cuatro estrellas, cuya construcción recién había concluido a la fecha hito entre el recuerdo y el olvido en mi memoria. Indicándome la caballerosa voz de mi coche  doblar a la izquierda, pude comprobar que en el sitio antiguamente ocupado por un conjunto de destartaladas naves y el modesto local de la Cruz Roja, ahora había dos casonas señoriales. Una de ellas, el Museo de la Cocina Manchega, según informaba un sobrio cartel y una sala de teatro, la otra. Ambos locales, como era lógico, estratégicamente colocados frente al aludido complejo hotelero que desde allí lucía estupendamente ajardinado.
─Cruce la rotonda, cuarta salida insistió el GPS y continuó: a trescientos metros doble a la derecha. Doble a la derecha y cruce la avenida por el puente ─reiteró.
 Era todo tan asombrosamente distinto que ni vale la pena continuar con  comparaciones. Ya tenía frente a mí, el “Campus Universitario de Programación Virtual”. Claro ─pensé─, era la única forma.  Habiendo hecho lo que se me había indicado, la voz señaló:
 ─A cincuenta metros doble a la derecha e ingrese al aparcamiento subterráneo. Ingrese al aparcamiento –insistió. Permanezca en el  primer subsuelo, doble a su izquierda en el octavo pasillo y luego, diríjase a la zona azul puerta cuatro. Ha llegado a su destino ─concluyó.
Entré y subí al ascensor. Pulsé planta, mientras una voz me informaba que estaba accediendo al recinto de la Facultad de Medicina. Vaya ─me sorprendí─, finalmente Marisa a cumplido el sueño que creía inalcanzable. Siendo las puertas de cristal, sin que se hubieran abierto, pude ver una inmensa recepción y justo al frente la famosa escalera. A unos metros de la misma, me esperaba mi querida Marisa junto a sus amigas, ¿las de siempre, u otras?, eso no lo sabía. Sentía mariposas en el estómago, como en la época en que debía rendir exámenes. ¿Por qué no? Esa situación representaría una nueva prueba. ¿Qué actitud tenía que asumir? ¿Debía hacer de cuenta que todo estaba en orden? ¿Cómo hablaría con ella? Lamentablemente nos separaban  casi siete años de vivencias. Sólo me quedaba recurrir al afecto,  el que nunca sería ajeno a nosotras.
Caminé hacia Marisa con el paso tan firme como me lo permitían mis temblorosas piernas. Ella, al verme, se despidió del grupo y salió a mi encuentro junto a otra joven, muy mona, con quién dialogaba alegremente. Al verla dirigirse hacia mí acompañada, el corazón me dio un vuelco. ¿Cómo evitaría ponerme en evidencia? A medida que nos acercábamos intentaba reconocer a la acompañante de Marisa y así fue. Estaba bastante cambiada, pero sin lugar a dudas, era Marta. Sentí alivio y satisfacción al comprobar que las personas del entorno de mi hija, al menos inicialmente, seguían siendo las de siempre. Prácticamente   las tenía a mi lado. Me encomendé a Dios y sonreí. Debía reprimir mi impulso de abrazar y besar a mi hija y a su querida amiga, como si retornara de un largo viaje. Esperaría y respondería según se presentaran los acontecimientos.
Al llegar al coche, sin hacer ningún comentario, aguardé a comprobar si Marta subía al mismo o en su defecto venían a buscarla, o tenía su propio vehículo. Finalmente, sin interrumpir el diálogo, las dos chicas subieron juntas. Me sentí por un lado aliviada, dado que así no tendría que enfrentarme a Marisa a solas antes de llegar a casa, pero preocupada por otro,  ya que me preguntaba si Marta conservaba el mismo domicilio. Por las dudas, consulté el GPS a ver si tenía programada su dirección y eso fue providencial; habían cambiado de casa. En cualquier otro momento de mi vida, saber para dónde debía dirigirme me daba igual, porque siempre fui distraída, pero en ese momento, mi voz interior  me instaba a estar atenta y preparada para superar cualquier obstáculo que pudiera poner de manifiesto mi condición. La que consideraba a esas alturas consecuencia de un momentáneo lapso de pérdida de memoria.
¿Pero por qué me mantenía tan suspicaz? Algo había en mi subconsciente que me obligaba a intentar improvisar por todos los medios.  Presentía que era importante aparentar que actuaba con cordura, sin delatar mi total ignorancia de un sinfín de acontecimientos. Recordé que Claudia no había prolongado nuestra charla informática y es más, la había interrumpido bruscamente, como si temiera alguna interferencia  peligrosa. Mis interrogantes no tenían fundamento. Consecuentemente, me impuse mantener la mayor prudencia. Fuera, cual fuera, el motivo de mi cautela, esa actitud valía tanto si su causa terminaba siendo del calibre que me indicaba mi intuición, o simplemente intrascendente. Tenía muy claro que estaba absolutamente paranoica por ese estado de indefensión ante el desconocimiento de pautas referentes a esa nueva realidad; sabía que no podía  mantener objetividad alguna.
Mientras calladamente intentaba solucionar ese símil juego de acertijos y simultáneamente el navegador me indicaba como debía hacer para llegar a lo de Marta, ella y Marisa, totalmente ajenas a mi problemática, continuaban su amena conversación ignorando por completo mi presencia. Eso me hizo las cosas mucho más fáciles. Pude prestar atención a todos los cambios producidos en el trayecto, que según me iba llevando el GPS, rehacía el camino de ida.
Al llegar por la avenida hasta encontrar los alucinantes almacenes, debí seguir camino  hasta cerca de los molinos, que aún podían verse a pesar de las múltiples y nuevas construcciones. Allí, mi fiel amigo electrónico me indicó dirigirme hacia la izquierda por una nueva rotonda. Acto seguido, debía tomar la primera salida y parar antes de los cien metros. No entendía por qué, dado que a la vista sólo se abría una calle a cuyos lados lucían unos espacios verdes sin cerco alguno, pero así todo, detuve el coche. Leí entonces un letrero: “Peligro. Barrera de contención.”. En ese instante, Marta pulsó un pequeño chisme.
 ─Puedes seguir Elisa ─dijo de inmediato.
Puestas en marcha, luego de haber recorrido otros casi cien metros, lugar en el que casualmente había una especie de monolito rojo y una vez que pasamos el mismo, ella se giró  para enfocar por el parabrisas trasero su mando a distancia en posición transversal a la avenida. Nada de eso tenía explicación posible. Pero, decididamente no podía preguntar y menos, dar muestras de mi ignorancia. Miré por el retrovisor a mi hija, quien había fijado sus ojos expectantes en mí. Mantenía en su mirada un interrogante. Ella sin duda, veía por encima de lo aparente. Habiendo llegado a nuestro destino, tal como lo anunció nuestro amigo digital y teniendo a la vista un precioso chalet, el que me dejó sorprendida por sus dimensiones, así como por la amplitud de su jardín, me mantuve a la  espera sin dejar traslucir mi asombro.
─Está claro; no puedes evitarlo, siempre me dejas del lado de la acera de tu futura casa. Jamás atinarás a dejarme frente a la mía ─dijo en son de broma la estimada joven antes de bajar del coche─. ¿Para cuándo tienen prevista la mudanza? agregó.
Totalmente azorada, sentí como la sangre desaparecía de mi rostro. Por suerte mi hija captó de inmediato mi reacción de desconcierto y previo un gesto de duda, se anticipó a contestar.
 ─ ¡Marta, ya lo has preguntado cien veces! En la semana antes de fin de año. Pareces  más ansiosa que nosotros porque eso ocurra.
─Está bien Marisa, tampoco es para que te enojes ─contestó.
El imprevisto había quedado zanjado. Pero yo, lo quiera o no, siempre me las he arreglado para complicar las cosas y en vez, de saludar a la querida niña con un simple hasta mañana y punto, no tuve mejor idea que agregar:
─Quédate tranquila, “si Dios quiere”, muy pronto seremos vecinas.
 Una frase de lo más sencilla y vulgar. Pero el sobresalto de Marisa fue instantáneo. Me impresionó.
─Mamá, discúlpate con Marta por tu expresión. Menos mal que es delante de ella que cometes semejante idiotez. No puedes ser tan despreocupada, porque no solamente  te estás arriesgando tú, sino que puedes arrastrar a los demás. ¿Qué sucedería si ellos te escuchan? ─pronunció con tono imperativo y mirándome con estupor.
─Déjala ya Marisa expresó Marta. Sabes de sobra  que conmigo no hay ningún problema. Se le fue la cabeza. No le des más vueltas ─concluyó rematando su alegato, mientras me sonreía cariñosamente.
Al ver su comprensión, sólo atiné a disculparme, sin saber por qué, ni de qué. Acto seguido, iniciamos el trayecto hacia casa. Yo sólo ansiaba respuestas, sabiendo que todas ellas vendrían en un solo paquete, aclarando lo que en suma era ese gigantesco interrogante de  años de sucesos que  mantenía en blanco.
─Como habrás visto…─comencé a decir.
─No, mami, mejor hablamos en casa. Llegamos enseguida.
 Ella había captado el mensaje; acertando en que el diálogo subsiguiente sería largo y difícil. En tanto conducía, por el rabillo del ojo la miraba. Estaba preciosa. Por supuesto, soy su madre, que otra cosa podía pensar. Su rostro estaba igual, tal vez un poco más delgado, pero siempre con esa expresión casi infantil. No podía creerlo, tenía más de veinte años. ¿Cómo había llegado hasta allí?
Al ingresar el coche nuevamente en nuestro garaje y cerrar el portón, Marisa me miró con ojos tristes. Estaba tan distinta. 
─ ¿Mami, otra vez? ─preguntó con voz resignada.
¿Qué podía contestarle?, si ni siquiera sabía qué era aquello que se reiteraba.
─No te aflijas por mí, cielo ─le dije, acariciándole la mejilla. Lo importante es que ustedes están bien. Lamento desestabilizar vuestras vidas. Pero verás como pronto todo vuelve a la normalidad, aunque en este momento no tenga ni remota idea de cómo es ésta  en realidad ─concluí, intentando sonreír.

        Novela: “UNA LEONA COBARDE” – Primera parte: Una nueva realidad. 
CAPÍTULO  II
En casa nos esperaba Daniel. Parecía mentira verlo tan rejuvenecido. Era aquél que había conocido en una etapa anterior de nuestras vidas y que se trasladaba al presente. Siempre alto, y ahora nuevamente delgado. Lo único que lo alejaba del joven apuesto del que me enamoré, era su pelo  más encanecido de lo que recordaba, entremezclado con sus mechones  morenos. ¿Qué más habría cambiado en él, además de su aspecto? ¿Cuál sería su actitud frente a mi patético estado de aparente demencia? ─pensé, en tanto permanecía estática, sin animarme a terminar de entrar en la sala. Estaba  aturdida, no soportaba sentirme tan lejos de todo. Creí percibir el resentimiento de ellos por estar arrastrándolos a un verdadero caos, sin saber cómo, ni por qué. Me sentí verdaderamente sola, al margen, con una vida paralela. Mientras los demás transitaban las suyas con naturalidad, yo iba a tientas tratando de alcanzarlos. ¿Me explicarían qué sucedía, o ignorando mis dudas, se limitarían a tratarme como a una esquizofrénica que necesita urgente tratamiento? ¿En qué estado se encontraba en este momento mi situación respecto a ellos en el plano afectivo? ¿Mantenían hacia mí el cariño y respeto de siempre, o había agotado su tolerancia con los que parecían reiterados episodios similares al presente? Todos esos planteos me torturaban. Necesitaba saber a que me enfrentaba.
No cabía duda, tanto mi marido como mi hija tenían las cosas muy claras. Al encontrarse, habían intercambiado un diálogo que no había llegado a escuchar, finalmente se miraron y en silencio caminaron hacia mí, que aún permanecía inmóvil; quedando finalmente los tres unidos en un común abrazo. Por mi escasa madurez emocional no pude contener las lágrimas. El saber que pese a todo aún me querían, me ayudaría a superar cualquier cosa; todavía contaba con ellos.
Daniel me llevó a sentarme y me pidió, con una serenidad desconocida, que no tuviera miedo, que mi estado mental tenía una explicación difícil, pero racional y que era consecuencia del particular tratamiento al que estaba siendo sometida. Asimismo, me comentó, por un lado, que sabía por Claudia que yo no recordaba en que día estábamos y, por otro su preocupación al ver que  había ido a buscar a Marisa a la facultad en semejante estado de confusión; lo que resultaba una temeridad. Absolutamente desconcertada, solamente pude oponerle mi total ignorancia de los actuales peligros, agregando que había intentado por instinto mantenerme cauta. Me preguntó con notoria intranquilidad en qué fecha aproximada se situaba mi recuerdo, quedando descolocado al decirle que se remontaba a fines del 2004 o algo más. Finalmente, me pidió que intentara reponerme, dado que siendo casi la una del medio día, estarían por llegar los del Equipo Nutricional Domiciliario; motivo por el cuál no había tiempo para revelaciones. Debía hacer lo posible por dominarme y todo iría bien. Subiríamos con Marisa y no podríamos bajar hasta que los  agentes del Centro Nutricional Ambulante se hubieran ido. Era imperioso mantenerme alejada de todo  por el momento.
Habían transcurrido sólo unos minutos cuando apareció mi ex-pequeña Valeria. Estaba radiante, tan linda como siempre. Su pelo moreno, largo y lacio, sus ojos como dos faroles negros. Estaba tan alta. No cabía duda, era igual a su padre. Siempre me pregunté, por qué ninguna se parecía a mí. Al vernos sentadas sobre la cama de mi cuarto, se acercó y nos dio un beso. Me paré y la abracé como intentando recuperar a mi pequeña, esa que había perdido.
─ ¿Pasa algo? ─preguntó.
─Si, mami sufre una recaída, tú me entiendes ─le espetó Marisa sin mayor protocolo.
Por un segundo, se quedó sorprendida, mirándome con su carita de adolescente.
─Sabíamos que ocurriría de un momento a otro después de la terapia ─atinó a contestar. ¿Qué ha olvidado ahora?
─Casi nada. Desde fines del 2004 hasta la fecha lo tiene todo en blanco ─afirmó irónicamente Marisa.
─Vaya, esta vez lo tenemos difícil. ¿Y qué hacemos ahora?, falta poco para que las tres tengamos que estar en el dichoso Centro Vecinal para nuestra dosis. Tenemos que darnos prisa en decirle a mamá lo que debe hacer. Mejor se lo explicas tú ─expresó finalmente en voz baja dirigiéndose a Marisa.
─Vale. Ante todo, nosotras estaremos contigo. Si pasa cualquier cosa, sabemos qué tenemos que hacer y decir. La dosis nutricional, que no tienes idea en este momento qué es, y que la familia al completo nos negamos a recibir, por los motivos que ya te explicitaremos después, consiste en tres cápsulas que deberías tragar a la vista de los dos agentes sanitarios que te las proporcionarán con un líquido azul, que es inocuo y que sirve para la mejor asimilación del compuesto. Nosotros como hemos venido haciendo hasta ahora y por eso, estamos en lo que estamos, debemos con el arte que nos caracterizó hasta la fecha, mantenerlas una a una debajo de la lengua haciéndolas desaparecer, cuando indagan para comprobar si las ingerimos. Eso por supuesto, sin tragarlas y sin poner en evidencia la maniobra.
 Escuché atentamente cada una de las palabras que pronunció mi hija,  sin dar crédito a lo que oía.
─Se hace tarde nos urgió Valeria. Vayamos a tu baño por un vaso de agua y unas grageas para practicar.
Volví a sentirme atenazada y al borde de la desesperación. Pero aún así, logré contenerme y comencé con el ejercicio. Fue prodigioso comprobar cómo un hábito adquirido y repetido maquinalmente infinidad de veces, pase lo que pase, no se olvida. Instintivamente coloqué las pastillas en mi boca y las mantuve allí durante los tres actos fallidos de tragar y aún más, al levantar la lengua las giré automáticamente hacia la parte superior cuando mis hijas efectuaron el fingido acto de supervisión.
─Bien mamá ─repitieron ambas al unísono, contentas y más relajadas.
─No has perdido el toque ─agregó Valeria mientras me abrazaba.
Esa simple chiquillada me permitió recuperar algo de valor y confianza. Tal vez sí, podría hacer lo que se me imponía. Salíamos del baño cuando rápidamente Daniel trepaba la escalera.
─Ya está papá. Mamá sigue en carrera. Podemos irnos ─comentó Marisa, dispuesta a bajar de inmediato.
─ Perfecto ─confirmó su padre.
En el coche, el que no era ni siquiera parecido al que recordaba y cuyos amplificadores de música tenían un sonido maravilloso, Daniel me miró diciendo:
─ ¿No lo reconoces verdad?
─No, pero me gusta mucho más que el que recuerdo ─le contesté.
Estábamos a cuatro calles del famoso Centro.
─ ¿Por qué no fuimos caminando si nos encontrábamos tan cerca? ─pregunté.
 ─No podemos pasear libremente como en otros tiempos ─me contestó mi marido con gesto serio y pensativo─. Todo ha cambiado mucho, pero en este momento lo importante es que logres superar el trance que te espera. Piensa que de esto depende nuestra seguridad, aún cuando ahora no puedas entender  por qué. Sé que eres muy capaz, pero ten cuidado y no te confíes, porque aunque  parezca mentira, te observarán e indagarán en tu comportamiento me advirtió. No podré ir con vosotras, por lo cual las esperaré aquí.
Le sonreí, respiré profundamente y bajé del coche.
─Ah…, por favor, una vez dentro, no saludes graciosamente a todo el mundo como solías hacer  ─comentó devolviéndome la sonrisa.
Al entrar, iba escoltada por mis dos hijas. Como habíamos quedado, Marisa se acercó al mostrador de recepción para dar nuestros nombres. El lugar te recibía con la frialdad de un lúgubre y viejo hospital, pero con las características propias del nuevo  milenio. Era un impersonal armatoste superpoblado de rostros indiferentes, tan mecanizados como toda la infraestructura que nos rodeaba.
─Vamos  dijo Marisa con tono de ceremonial. Vienen a buscarnos.
Por un pasillo fuimos conducidas a un gabinete. Previo colocar nuestro pulgar para que de forma digital quedara comprobada nuestra identidad, dos seudoenfermeros con barbijo, nos fueron llamando una a una. Primero fue Valeria, luego Marisa y por último yo. Cada cápsula fue colocada en mi boca empleando una pinza, mientras se me ofrecía para tomar el líquido azul con el que debía tragarla, tal como me había dicho mi hija; la operación se repitió tres veces. Durante el procedimiento permanecí temerosa de que los nervios me produjeran una arcada estropeando la estratagema, pero afortunadamente todo marchó bien.
 ─No se te ocurra escupir tus cápsulas aquí  ─dijo maquinalmente Marisa en un susurro al salir,  en tanto le hacía una señal a su padre que aguardaba en el coche, y él sonrió aliviado. 
 Una vez que empezamos a andar saqué de mi bolso un pañuelo de papel  y mirando a Marisa, quien hizo un gesto afirmativo con la cabeza, disimuladamente me deshice de las indeseables pastillas, con miedo de que se disolviera su protección  y comenzara a ingerir sus compuestos. Simultáneamente, también lo hacían mis dos hijas.
─Deberás esperar a llegar a casa para deshacerte de las grageas ─me previno Valeria.
─Lo haré contesté resignada. ¿Puedo hablar aquí? ─cautelosamente pregunté, a esa altura incapaz de tomar la más mínima decisión sin consultar.
─Hazlo si quieres; pero estamos llegando ─afirmó Daniel, en tanto tomaba mi mano haciéndome saber que comprendía mi ansiedad.

Apenas cruzamos la puerta, las tres nos dirigimos al baño a efectos de deshacernos de la  evidencia material de la infracción cometida o tal vez, el hecho debía catalogarse como delito ─recapacité. Seguidamente pregunté con disgusto si ya podía hablar con tranquilidad. Me sentía crispada; aunque tenía que reconocer que ellos ponían todo de sí, para que pudiera transitar lo mejor posible  el  trayecto de mi dilema.
 ─Sí, ya puedes volcar esa ansiedad que te está matando ─dijo mi marido─. Pero te prevengo ─continuó, solamente aquí di lo que quieras, dado que he instalado un sistema, por supuesto nonsanto, que produce una interferencia permanente de apariencia casual que impide intromisiones no queridas en nuestra intimidad desde el exterior. Contrariamente, evita cualquier afirmación comprometida cerca de las ventanas, y definitivamente ni se te ocurra efectuarla en el jardín o en la calle. En el coche, se pueden hacer ciertos comentarios, dado que también cuenta con un sistema rudimentario por el cual al poner la música, se bloquea casi por completo cualquier captación sonora.
─  ¿De qué va todo esto?  ¿Quién nos vigila?
─ ¡El Régimen!  ─sentenció Valeria.
 ─Mami, debes estar de lo más aturdida ─dijo Marisa. Tus lagunas mentales hasta ahora siempre abarcaron el pasado, pero nunca el presente inmediato, y jamás te dejaron en blanco un término de tiempo tan extenso e importante por los cambios que en él se produjeron.
─ ¿Pero que me ha ocurrido para sufrir estos océanos mentales? ─ pregunté.
─Actualmente estás bajo un particular tratamiento psicológico, por el que se intenta recomponer  tu memoria y no podemos interferir ─me contestó.
─Las reglas de juego no son las mismas que tú recuerdas y si se quiere, tú tampoco lo eres. Mañana, como todos los sábados vendrá tu terapeuta y él se ocupará de ayudarte a rememorar determinados sucesos. Sobre eso, nos ha advertido que frente a tus repentinas amnesias, es el único indicado para guiarte. Nosotros sólo podemos intentar informarte de lo cotidiano, para que puedas empezar a manejarte  ─expresó mi marido.
Me asombraba ver la serenidad con que los míos afrontaban la situación. Parecían casi indiferentes frente a la envergadura de los hechos. Una actitud que me enternecía y me acercaba a ellos, pese a que nos separaban tantos años en mi memoria. Restando importancia a mi desorden mental, me permitían mantener a raya  mi angustia y eludir mi desesperación. Debía colaborar en su afán de volverme a la realidad, y por todos los medios, intentar sobrellevar las cosas con buen ánimo. Pero, ¿de dónde diablos sacaría el equilibrio necesario para hacerlo?
 ─Estoy en ayunas no sé desde cuando y ahora más relajada ¡me muero de hambre!, díganme por favor, ¿cuáles son nuestros actuales hábitos alimenticios? ─dije con un fingido aire de melodrama, a la par, que enlazaba mis manos en un ademán de súplica, mientras los tres reían.
─Me lo temía, estamos todos desquiciados con este tema, pero ningún estado de cosas puede ser lo suficientemente grave como para que te olvides de la comida. Tu desorientación nunca llegará a tanto ─graciosamente expresó Marisa.
Su comentario me confirmó que estaba con los míos. Que en cuanto a ellos nada había cambiado, que cualquiera fuera la situación o el tiempo transcurrido, nosotros seguíamos siendo la loca familia de siempre.
Con la risa aún en los labios Valeria me cogió de la mano y me condujo hasta la  cochera.
 ─Haré de guía turística gastronómica me dijo con su habitual dulzura.
Acto seguido, pulsó un botón. Incrédula contemplé como la nueva pared que temprano había advertido en la cochera, se elevaba dejando a la vista una singular despensa meticulosamente organizada. Pero eso no era todo. Daniel, a mi lado, con un mando a distancia activó otro dispositivo haciendo que los estantes repletos de alimentos se desplazaran hacia delante; abriéndose como las dos hojas de una puerta. Detrás, había un pequeño compartimiento con apariencia de mini cocina, donde estratégicamente colocados lucían un montón de electrodomésticos y un excéntrico contenedor de basura que, como me explicaron,  era muy sofisticado porque mediante compuestos químicos la degradaba.
¿A qué con el nuevo régimen tampoco me salvo de cocinar? ─comenté, y todos rieron.
Superada la algarabía, Marisa me explicó que el primero de los reductos que había visto era lícito, porque no era considerado una despensa, sino un depósito de víveres de emergencia, que preventiva y facultativamente podía tenerse en los hogares para el supuesto de  conmoción interna. Todos esos comestibles inventariados, sellados y registrados, eran reemplazados al término de su larga caducidad, con cargo a la que antes fuera la Seguridad Social, y que a la fecha abarcaba dos Secretarías, una la de Salud y, la de Alimentación y Abastecimiento, la otra.
 El segundo compartimiento, me previno Valeria con carita de complicidad, era secreto. En menor escala suplantaba nuestra antigua cocina y sus artefactos estaban conectados a circuitos ajenos a la casa y alimentados por un pequeño grupo electrógeno de energía solar; de no ser así, delataríamos un gasto injustificado en nuestra correspondiente factura de energía. Todo parecía novelesco. Veía como mi hija pequeña se agachaba por debajo de la mesada y abría una compuerta con cerradura electrónica empleando su dedo pulgar.
  ─Los víveres los tenemos escondidos aquí ─me aclaró señalando el hueco que daba a una escalera de caracol, en tanto empezaba a bajar en busca de los necesarios para la comida del día.
 Mi marido entre tanto, me informó  que el sistema de nutrición tenía carácter obligatorio y correspondía a la mencionada Secretaría de Alimentación y Abastecimiento la supervisión del consumo en el territorio nacional, en tanto, en el orden internacional,  el contralor era ejercido por la O.M.S.H.(Organización Mundial para la Supervivencia Humana), con intervención de su organismo principal, la C.I.A.N.T (Comisión Internacional para la Asistencia Nutricional  Técnico-sintetizada) respecto a su producción y distribución en el planeta.
Cada vez mi desconcierto era mayor. No entendía nada.
─Un momento. ¿De dónde sacaron este sistema y cómo conseguimos eludirlo si es, como tú dices, estrictamente obligatorio? ─pregunté confundida.
─Te resultará incomprensible, pero no lo es tanto.  Este  singular invento  ─comenzó mi marido─, surgió del intento de paliar el descontrol producido por la escasez de recursos. No sólo en aquellas regiones que históricamente sufrían el azote del hambre, sino en todo el planeta.  Eso sobrevino, entre otras cosas, al no haberse contemplado oportunamente  las previsiones necesarias en el campo de la producción y, a  la luz de eventuales ganancias a corto plazo, favorecerse el desmedido avance de la tecnología alimenticia.
 ¿Me estás hablando de la manipulación genética de cultivos?
─Efectivamente ─me contestó.
─Me lo imagino, si en  el 2004 entre todos los países se  había destinado al cultivo de transgénicos una superficie de casi una vez y media la de este país…
─Así es, la cosa siguió y no consiguiéndose legislar correctamente en el ámbito internacional, se permitió seguir experimentando en dicha área, en la cual también se recurrió al empleo de la radiación para sus fines, sin atender a sus consecuencias en el futuro. Esos cultivos, cuyo avance se produjo en progresión geométrica, además de originar nuevas malezas y virus, según se temía, produjeron toxinas medioambientales que se fueron moviendo a través de la cadena alimenticia, sumándose  a las dioxinas, el compuesto artificial más letal sintetizado por el hombre, y que desde hacía mucho permanecían en  nuestra dieta.
─ ¿Pero todo esto nadie lo vio? ─me asombré.
─ Por supuesto que sí, pero antes de la debacle, desde la perspectiva de cada tema por separado, los factores contaminantes aparentaban estar controlados. Sin embargo, habiendo aportado cada uno de ellos su justa medida y sumados a los cambios climáticos que tornaron en semidesérticas numerosas zonas del planeta a consecuencia de la irreparable lesión en la capa de ozono, lo que provocó una consecuente escasez de agua y la merma de recursos energéticos, irónicamente, frente al anegamiento de otras regiones por incontenibles lluvias; caemos en la cuenta de por qué, sobrevino en tan pocos años una imprevista carencia de  reservas de alimento para la subsistencia humana. Cabría agregar una larga lista de factores, como los perdigones de plomo que dispersos y abandonados por el campo contaminaban las aves silvestres, pero…
─ Sí, sí, déjalo, no hace falta. Mis heroicas neuronas  lo han captado.
─En resumen, ─prosiguió mi marido, el panorama era aterrador y como contrapartida de las deficiencias económico-sociales intempestivamente presentadas, la corrupción administrativa, privada, individual o colectiva, alcanzó su punto más álgido. Así, una suma de factores concatenados provocó lo irreversible: una desproporcionada carencia de recursos alimenticios no declarados  perjudiciales a la salud, en oposición al gran aumento de la población mundial. Ese colapso ocurrido, en mayor o menor escala, en unos u otros países según su riqueza, incrementó desmedidamente el valor de alimentos naturalmente obtenidos con un nivel de contaminación dentro de los márgenes aceptados, provocando terribles hambrunas. Finalmente, resultó inminente la colaboración mancomunada de todos los Estados y, a fin de arbitrar los medios para menguar el hambre mundial, se puso en marcha un plan universal con fatal desenlace.
─ ¿Y qué hicieron?
 ─En el 2007 se creó un, a primera  vista,  inofensivo Órgano con jurisdicción supranacional, la Organización Mundial para la Supervivencia Humana, en gran parte, culpable del negativo giro que ha dado la vida en el planeta. Un sinnúmero de acontecimientos contribuyeron a convertir en meses a ese artilugio malencarado, en el Órgano más poderoso del mundo civilizado, que con el voto unánime de su Asamblea,  consiguió aprobar el nuevo régimen de alimentación. Por supuesto, y si vale la aclaración, eso no hubiera podido conseguirse sin el patrocinio de países fuertes como Estados Unidos y aunque parezca inexplicable, también de la nueva China. Todo había sido una táctica de distracción con su punto más fuerte en la burocracia, desconocida y subestimada dentro del quehacer científico que fue directamente a lo suyo. Mientras por vía de las formalidades institucionales se manipuló todo el esfuerzo e inteligencia de la humanidad, volviéndolos en nuestra contra. Hombres con mentes brillantes, pero faltos de ética, quisieron ir más allá.
─Me cuesta creer que nos cargáramos el planeta…
─Desde luego es difícil de asumir, pero como siempre, el tema económico también ha tenido mucho que ver. El alza de los combustibles y derivados del petróleo, fatal epílogo de la famosa guerra de Irak, si bien, por un tiempo fue contenida y atemperada, de golpe se disparó provocando paulatinas subas en la  producción a todos los rubros industriales, dada la inexistencia de energías sustitutivas suficientes.  Así, las empresas lejos de tomar mayores recaudos para la protección ambiental, empezaron, salvo raras excepciones, a dejar de lado la correcta depuración de residuos tóxicos y contaminantes para abaratar costos ─concluyó Daniel.
.─ Pero aún así, con nuestra indiferencia  tenemos que haber contribuido al caos.
─Algo parecido. Porque no nos engañemos, si bien nadie en su día tenía muy claro qué se podía comer sin riesgo, los consumidores, pese a las prudentes advertencias de los entendidos en la materia, permanecimos en nuestra esfera de comodidad auto convenciéndonos de que la cosa no podía ser tan alarmante. De un modo u otro, todos nos mantuvimos expectantes sin comprometernos demasiado, hasta que se arribó al colmo de tener que cruzar los dedos cada vez que probabas bocado. Lo que condujo a muchos a sufrir una aversión y rechazo inconsciente a la comida, llevándolos a reducir cada vez más su dieta, hasta llegar al punto de provocar su desnutrición.
─ ¿A que a mí eso no me sucedió?
─ ¡No, qué va! Tú para esas alturas, como venías obsesionada desde hace tiempo, tenías instalada una huerta en el jardín de casa. Prima hermana, claro está, de la actual.
─Siempre tan previsora. Me felicito de haberlo hecho. ¿No te parece?
─Vale. Sí. Por una vez en la vida la pegaste. Al principio no te hacíamos ni puto caso, pero al final te saliste con la tuya.
En ese momento, subía mi hija menor del misterioso sótano portando un canasto con cosas que no alcancé a ver en tanto, Marisa colocó una pequeña mesa de estilo camping dentro del perímetro lícito, con una diligencia tal, que me sorprendió. Por su parte, Daniel, cosa que me alucinó aún más, se embarcó conmigo en la tarea de preparar una ensalada. Dicho sea de paso, me contó que las verduras habían sido cultivadas durante la primavera, en el fondo del jardín, en el huerto ecológico familiar para luego ser congeladas. Agregando que ahora, exclusivamente, se criaban animales o se cultivaban  sembradíos en campos habilitados al efecto y de exclusiva propiedad de los Supremos Continentales. Esas actividades en propiedades privadas, obviamente, no se permitían. El resto de los alimentos o bien  los adquiríamos por un valor exorbitante en las distribuidoras nacionales, hasta agotar el pequeño cupo que teníamos asignado por nuestra aportación económica al Régimen a través de nuestros impuestos, o en su defecto, eran regalos de los pacientes o comprados en el mercado negro. Pero a cuanta más información obtenía, mayores eran mis dudas.
─Perdón, Daniel, pero sigo sin entender. Me has explicado un poco cómo llegamos a todo esto y como conseguimos nuestros comestibles, pero, para empezar ¿qué es eso de los Supremos Continentales y sus distribuidoras nacionales?
─Está bien, es lógico que estés hecha un lío, el sistema alimenticio, si bien, influye notoriamente en el hacer cotidiano, no es lo único que ha cambiado, y si se quiere, tampoco lo más importante. Hoy los países en particular están vinculados absolutamente en todo su actuar con aquellos que componen un mismo continente. Las instituciones gubernamentales a nivel nacional,  como los entes internacionales han cambiado de plano. La religión, la vida ciudadana, la educación, y todo lo que se te ocurra ya no es igual. Los cinco Supremos, representan el poder absoluto en cada continente y a su vez integran el todo poderoso Organismo Universal que maneja el globo. Cada uno de ellos, a su vez, tiene un portavoz  en cada Estado, un Regidor que representa y cumple la suprema voluntad de aquellos.
¿Y esos cinco personajes quienes son?
─El “Gran Hermano” del Imperio del Norte hoy, Supremo de las tres Américas. En Asia, el Presidente del Yuan de Control de la China. En África, el Líder de la Comisión Gubernamental de los Estados Africanos. En Oceanía, el Jefe de Estado Australiano y por último, en Europa, el Canciller Alemán.
Distraídamente miré hacia la mesa y conté cinco cubiertos. Di un respingo de alegría.
 ─ ¿Claudia comerá con nosotros? ─pregunté, interrumpiendo a Daniel.
Claro que sí, hoy es viernes ─contestaba mi hija menor mientras subía una vez más la escalerilla portando botes de bebida, a la par que me aclaraba:
─En el mundo ya no se come, pero sigue habiendo bebidas cola, mucho más caras, pero como sabes, “donde hay gente hay…”
Francamente todo el relato era alucinante, y si bien, me intrigaba saber los pormenores de ese nuevo entorno en el que, de allí en más debían transitar mis días, no era lo que más me interesaba en ese momento. ¿Qué había sido de sus vidas en esos siete años?
─Bueno, todo está muy bien, ¿pero qué ha sido de ustedes en todo este tiempo? ─expresé. No sé cómo se han tomado antes mis fugas mentales, pero  yo  estoy totalmente confundida  dado que, prácticamente, estreno una vida nueva.
─Para empezar, todos te seguimos queriendo mucho ─dijo Daniel con una sonrisa.
Lo que me obligó a sonreír a mí también y a darle un beso.
─Gracias por esa muestrita gratis, pero por el esfuerzo informativo que hago bien podrías haberte esmerado un poquito más ─apuntó dándome una palmada en el trasero.
─A ti no hay quien te corrija. Tu libido permanece inalterable por sobre todos los cambios posibles. Pero, pensándolo bien, tú ya eres para mí casi un viejito verde desconocido, así que menos confianza, que soy una señora de familia.
─Si no estuviera con las manos en la ensalada y tú al borde de la inanición te haría recordar otras cositas que te han amenizado estos años.
 ─ ¡Daniel, deja de comerte las patatas para la tortilla o no terminaremos nunca! Valeria, ve batiendo los huevos que tu hermana debe estar por llegar. Hablando de ella, ¿qué es de su vida? Por lo que veo definitivamente  no vive en casa y tampoco está en Madrid.
─Se ha recibido de psicóloga, se ha casado con Marcos y trabaja aquí ─contestó Valeria.
─Pero bueno, que haya formalizado con Marcos no me extraña y me alegra muchísimo, pero ¿por qué abandonó Madrid donde hacía sus prácticas?
─Ya te cuento. Espera un segundo que le pido a Valeria que vaya a buscar una botella de vino; hoy en día beneficio de unos pocos,  pero el  recordatorio que estamos haciendo bien merece una gratificación. Una buena excusa ¿no te parece?
─Sí, por supuesto, pero esperaré a comer antes de probarlo, caso contrario, le pondré fácil las cosas al nuevo Régimen espía, dado que mi estado de embriaguez será notorio. ¿Pero no estoy medicada para tomar vino?
─No, quédate tranquila, tu tratamiento es exclusivamente psicológico.
Al momento oímos entrar agitada a Claudia, quién  preguntaba con notoria inquietud:
─ ¿Cómo anduvo  todo?
─Todo en orden  ─contestó su padre, mientras abría la botella. 
─No te flipes papi ─gritaba Marisa. Claudia, ¡no le creas!, esto recién se inicia ─agregó riendo.
─No me cabe duda. Estoy en casa. Esto no cambia ─expresó mi hija mayor quitándose el abrigo.
Yo dejé todo y corrí a verla. Finalmente, conseguí que estuviéramos  reunidos en la  improvisada mesa, saboreando, la que aunque frugal, me pareció la mejor comida del mundo.
─Me han puesto al tanto de tus novedades. Estoy encantada de que te hayas casado con Marcos después de tanto tiempo; aún cuando ese trámite esté pasado de moda. Ah…, supongo que si tuviera algún nietito me lo habríais dicho, ¿no?, y si os habéis olvidado, por favor hacedlo despacio, porque…
No mami, todavía no eres abuela ─contestó Claudia con una sonrisa.
Que aún no tuvieran niños podía deberse a muchos motivos, es más, tal y como estaban las cosas tener hijos era una determinación difícil de tomar me conformé.
─Elisa, hasta la fecha te vienes salvando de ese rol. Pero no te preocupes, ya te tocará ─comentó Daniel.
─Por mí no os apuréis, soy todavía una cría para desempeñar el papel de abuela con precisión ─contesté riendo.
─Cuando llegaste, estaba por contarle a tu madre el motivo por cual te fuiste de Madrid, pero ahora puedes hacerlo tú si quieres ─dijo Daniel mirando a su hija.
─Esta bien. Te habrán comentado que me he recibido de Psicóloga. El primer tiempo y gracias a una suerte poco común, permanecí en Madrid trabajando en la empresa de transportes  donde efectué mis prácticas. El mérito no fue mío, sino de la fortuna. Una de las psicólogas de planta permanente pidió ser trasladada a  otra filial; quedando una vacante libre y permaneciendo yo como  becaria, muy bien conceptuada por mis superiores, me ofrecieron el puesto que  no tardé en aceptar.
─ ¡Que bien, hija! ─manifesté con alegría.
─No te apures mami, porque como ocurre con todo lo bueno, mi estrella no brilló todo el tiempo que me hubiese gustado. En su momento el problema del costo de los derivados del petróleo, sumado al de los alimentos trastocó todo. La empresa de transportes donde estaba, aún siendo una multinacional muy fuerte en el mercado, lógicamente, acusó el cimbronazo. Mi única opción fue entonces aceptar mi traspaso a la mini filial, que en vistas de su paulatino auge de crecimiento, se había creado en nuestra localidad. Evidentemente, aviniéndome a una nueva contratación en la que quedaba notoriamente disminuido mi sueldo y la calidad de mi función. Debo confesar, que en ese momento sentí pena por tener que irme de Madrid. Como también, de verme impuesta a descender en la escala de mi trabajo en un momento de mi vida en que debía aspirar tan solo a progresar. Pero, todo eso que asumí resignadamente entonces como un mal capricho del destino,  resultó ser el salvoconducto hacia mi futuro.
─En ese momento hubo que apuntarla, pero lo tuvo fácil. Si en vez de ofrecerle un traslado, la ponían en la calle, eso sí que hubiera sido duro. Las cosas no estaban entonces como para andar buscando trabajo  ─interrumpió Marisa.
─Efectivamente, esa decisión que tomé como un imperativo, fue la solución más inteligente frente a esa encrucijada decisiva en mi historia personal. A eso debo el haber podido escapar justamente en el período previo al movimiento migratorio masivo que se produjo en las grandes ciudades de España muy poco tiempo después. Ese aluvión se inició con la necesidad de la gente de no sufrir, sobre todo al inicio de la transición cuando estaba a medio instaurar el nuevo sistema, por las carencias a que debían resignarse. Por entonces, para obtener lo que antes era corriente, se invertían horas de interminables filas porque los centros de aprovisionamiento en las grandes ciudades eran puntuales y escasos. ¿La razón? Tenían que estar fuertemente custodiados para evitar saqueos.
─Por lo que me estás contando, tu buena estrella lejos de abandonarte, brilló más que nunca  ─comenté.
─Desde luego, pero eso lo supe después de sufrir el cambio. Esa afluencia constante de población escapada de las capitales hacia los pueblos, provocó en éstos un superávit de profesionales y personas muy cualificadas, tornando altamente competitivo el mercado laboral. Hoy, no hubiera podido aspirar al puesto, que con carácter jerárquico, actualmente tengo como gerente del Área de Aportación Humano Laboral, siempre claro está, en la misma empresa y con las variantes propias de las nuevas condiciones que hacen mucho más interesante mi trabajo.
─ ¿Entonces estás contenta?  ─pregunté.
─ Si, por supuesto. Actualmente el transporte tanto de mercancías, como de personas, ha cambiado. Por ejemplo, resultaría anacrónico hablar del transporte terrestre a través de una flota de camiones. Ahora eso se  resuelve mediante helicópteros y avionetas. Solución obligada ante la necesidad de salvar las barreras de contención. Éstas, integran  una gran red dispuesta como las celdas de una colmena y mediante campos electromagnéticos invisibles generados mediante sistemas electrónicos enterrados, alertan la irrupción en el espacio de detección, incluso bajo tierra. En su caso, se activa el campo electrónico subterráneo con una descarga disuasiva y de persistir la intromisión funcionan mecanismos mortales de localización, persecución y caza, impidiéndose así el acceso no autorizado algún pueblo o ciudad a aquellos que han quedado fuera del régimen o han sido proscriptos por el mismo.
─ ¿Qué estás diciendo?
─ Claro, no has entendido nada. Lo que ocurre es que en la empresa debemos hacer cursos referidos a los temas de seguridad nacional y el último trató justamente del control de fronteras locales y circuitos de defensa, y…
─No…no ─exclamé. De todo lo técnico que me has explicado no he entendido nada,  pero  no me importa. Lo que quiero que me digas es ¿de qué proscriptos hablas?
─ ¡Claudia, has metido la pata! Mami, ¿estás bien? ─expresó Valeria alterada.
─Francamente querida, no lo sé. A mí se me habrán escapado los recuerdos, pero pienso que  vosotros habéis perdido los sentimientos. ¿Cómo podéis hablar de una cosa así, como si me estuvierais contando una serie de televisión?
─Elisa, creo que tu hija ha pasado por alto tu actual desorientación y ha tocado un tema un poco…
─ ¡Un poco! ¿Qué? Daniel, no te cortes y aclárame cuanto antes qué es lo que sucede, esto es horrible ─pronuncié exasperada.
─Está bien, lo haré, pero intenta controlarte. La escasez de alimento, provocó un apocalíptico estado de cosas en el orden social, económico y ético, lo que condujo a draconianas soluciones. No todos lograron superar el quebrantamiento de su estándar de vida. Aquellos que no tenían reservas económicas al momento de la debacle, o estaban demasiado endeudados, o no permanecían en una ocupación laboral, al quedar fuera de toda posibilidad de aportar al Estado sus impuestos o su cuota a la Seguridad Social, fueron literalmente borrados del sistema en punto a su subsistencia y sufrieron literalmente una “capitis diminutio”, es decir, la pérdida de su condición de ciudadano, quedando del otro lado de las murallas.
─Pero eso es sencillamente inhumano, ¿cómo se permitió semejante iniquidad?
─Cómo todo Elisa, por terror. Para entonces la intolerancia en sus diversas formas era moneda corriente, y ante los acontecimientos no había principios, teorías, ni razones que valieran como argumentos en contra.
Aterrada permanecí escuchando el espeluznante relato de mi marido, en virtud del cual, aquellos que oportunamente no fueron socorridos por sus familiares o amigos, de la noche a la mañana habían quedado convertidos en parias que, errantes y desesperados vagaban por todos los sitios, con las  consecuencias que  acarrea el famelismo;  fatal desenlace por el cual, comenzaron a multiplicarse los casos de antropofagia. Alcanzado ese grado de paroxismo, las fuerzas de seguridad de todos las Naciones no dieron abasto. En nuestro país, el Centro de Inteligencia del Estado Mayor de Defensa aunando su esfuerzo con especialistas y empresas de alto prestigio en últimas y más sofisticadas tecnologías de protección, concibieron la red de barreras electromagnéticas de custodia en pueblos y ciudades, a la que había aludido Claudia. Agrupando diversas localidades, se instauraron verdaderos “enclaves invisiblemente amurallados”. Con la puesta en marcha del circuito de protección y en forma escalonada por regiones, los inhumanamente declarados “indeseables”, fueron obligados a abandonar las zonas pobladas.
 Como me contó mi hija mayor, nosotros, como todos los ciudadanos normalmente asimilados al sistema, contábamos con  mandos a distancia que nos permiten abrirnos camino inactivando los circuitos. El dispositivo electrónico se activaba por la huella dactilar para evitar su traspaso, pero emplearlo no era muy aconsejable: fuera de las fronteras de protección existían franjas consideradas tierra de nadie. Así, el tránsito actual por carreteras era prácticamente inexistente. Hoy, cuando se producían demoras por la afluencia  de aeronaves, se hacía referencia a   “vías aéreas colapsadas”, en sustitución de sus antepasados: “los famosos atascos”.
¿Cómo podían referirse al tema con tanta frialdad? Permanecía en un mundo al que no quería pertenecer.

                                                   PASIÓN SIN VERBO

 

            En la tenue penumbra dos figuras, sencillamente dos seres en un mutuo devaneo de caricias y suspiros sin límite de tiempo. Sus sentidos sueltos y el mutuo éxtasis en un solo momento sin frases, ni mentiras; únicamente pleno en un verbo de placer. Estrellas, noche y sólo en apariencia ausente, la poesía del amor. ¿Tal vez una quimera para el fuego fatuo de un día? Más, ajenas a ellos las palabras con tono de queja o de reproche.

            Tan sólo dos amantes casuales con alas en un vuelo sin retorno, sobre espacios sin memoria, como los dueños de un momento entero, pero futura víctima de un olvido instantáneo y perpetuo. Sus vidas en fuga en un lento y sonoro goce en sí mismo, desprovisto de toda conjugación de verbos en futuro. En sus vidas, un trasto más en ese desván de tiempos pasados, sin posible reiteración en el mañana.

            La braza de un cigarrillo, única llama en el después, bajo la nube de un humo tan espeso como ese silencio de dos en compañía, pero al menos, con carencia del permanente diálogo presente en la rutina estéril. En ambos, la satisfacción de ese recreo falto de lastres u horizontes inciertos, en la estrecha dimensión de esa pausa, justa medida de la pasión en una madrugada sin aurora.
                                                                                           
                                                            Beatriz Moreno Durán
                                                                       28/06/2005

                        LA FANTASÍA DE UN ENSAYO: “Anti-Wendy”
                                   
         De pequeña siempre pensé que me hubiera gustado mucho ser Wendy, pero con ciertas adaptaciones personales, por supuesto. Sí, esa niña que junto al singular Peter Pan y sus hermanos voló una noche hacia el país de nunca jamás. Ese personaje femenino que surgiera, en un segundo plano, de la pluma del novelista y dramaturgo escocés James Matheu Barrie, y que desde hace poco más de un siglo permanece eternamente vigente en la fantasía infantil.
         Sin duda, mi ambición no ha tenido nada de original, dado que esa ilusión ha poblado, y lo seguirá haciendo, la ingenua imaginación de muchas de las que han llegado y llegarán a ser futuras mujeres de este planeta. Pero es justamente por ese reiterado afán, que me animo a compartir mis inquietudes en la búsqueda de respuestas al ya gastado tema de las influencias, y si se quiere, también de los prejuicios que, nos guste o no, se van imponiendo como parte de nuestra personalidad con un evidente propósito de mantener en pié preconcebidas estructuras sociales.
         No hay duda que el pensamiento y el actuar humano cambia vertiginosamente y se abren día a día nuevos cauces para dar cabida a ese flujo que surge del desarrollo de los estímulos que se crean y de las inquietudes que en su consecuencia nacen. Hoy en los hechos, obvio  señalarlo, la mujer ha cambiado.
Empero, íntimamente en lo que hace a su naturaleza emocional cabe preguntarnos, si ha mutado a la par de sus nuevos roles.
         Wendy, junto a sus amigos, fue creada en un tiempo histórico casi arcaico si lo comparamos con nuestro hoy. Entonces, ¿por qué esa fantasía,  pese a los abruptos cambios, permanece válida? Tal vez porque  la tipología de sus personajes guardando absoluta referencia con caracteres humanos siempre vigentes, los hace inmortales.
         Atenta la psicología, ha captado desde las primeras líneas de nuestra aparentemente inocua historia para niños, el escondido síndrome de Peter Pan. Pero nada he escuchado respecto al estereotipo de Wendy, plasmado y rotulado en el mismo cuento; ni de su notoria  vinculación con lo que podría denominarse el síndrome “de anti- Wendy”.
          Wendy es llamada en esa ficción a ejercer el papel de madre en favor, por un lado, de los niños perdidos y por otro, de Peter Pan, aunque el mismo jugase a ser padre; como también del Capitán Garfio y su feroz tripulación, a quienes nuestra heroína ofrece esa necesaria cuota de actitud maternal a través de sus cuentos, transformándose así, en la cuenta cuentos; una denominación que no es más que la refinada variante de la citada actividad que se le ha atribuido.
El instinto maternal ejercitado a favor de amigos y enemigos, es la perpetua actitud femenina que hoy seguimos practicando pese a los cambios en nuestro hábitat cotidiano que nos lleva fuera del hogar y del  mágico mundo de dolores de juguete, a una interacción con el zoo urbano, con una perspectiva bastante más peligrosa, cuanto más hoy nosotras competimos con ellos en el hacer en todas las áreas.
Por su parte, nuestro despreocupado Peter Pan, es como sabemos ese infante, que negándose a convertirse en hombre, renuncia hasta del amor para mantenerse lejos de esos compromisos que a la fuerza lo convertirían en mayor. Ese eterno niño que, entre otras cosas, juega a la guerra, la  que contenida dentro de los límites de la ficción de un cuento elude las miserias de la desolación y muerte a las que irremediablemente conlleva. Más ¿qué ocurriría si transportamos a ese adolescente, en apariencia carente de inteligencia emocional, a la realidad? Acaso, suponiendo que el mismo estuviera dotado del resto de sus inteligencias de modo singular, ¿no podría bien mañana convertirse o a estas alturas haberse convertido ya, en el espécimen masculino que maneje los hilos del mundo? ¿Con qué rumbo nos guiaría? ¿Quizás hacia el país de nunca jamás o tal vez, al planeta del nunca más? Dentro de estos simples interrogantes, que parecen cuento, pueden muy bien quedar involucradas muchas cuestiones, ¿acaso me equivoco? Pero respecto a eso seguramente se sumaran numerosas respuestas preparadas por los reyes de la creación, atentos a cualquier intento desestabilizador por parte de las descendientes de la costilla de Adán.               Por eso mejor, sigamos con los personajes.
Los mismos con aire de ficción  reproducen en sí mismos los prototipos básicos de los seres, que de modo universalmente adoptado interactúan socialmente desde que evolucionamos del Homo Erectus al Cromagnon. Criaturas que en mérito a su condición, han debido con mayor o menor nivel de pomposidad hacer frente a los mismos conflictos; como efecto secundario e insuperable de su naturaleza humana. Así tenemos a Peter Pan, quien incapaz de asumir la responsabilidad que deviene del afecto, finalmente permanecerá exclusivamente junto a Campanilla, dado ser ella la que con su magia le otorga su fuerza y el don que le hace volar. Esa hada, queda a las claras impuesta como otro arquetipo de mujer, sin duda, con características totalmente opuestas a las de Wendy.
         Wendy, con una simple aspiración de aventura, se deja seducir en su candidez por la atractiva personalidad de Peter y volará junto a él gracias a Campanilla al País de nunca jamás. Allí, como en cualquier novela, novelita o novelón, se producirá el enfrentamiento de los dos personajes femeninos. La primera, deberá desafiar el reto de su adaptación a un mundo desconocido, a la liberación y la consiguiente ruptura de esquemas predeterminados. Ella personificará el intento de cambio en favor de un acercamiento que permita  permanencia de ese nuevo afecto. A la segunda, le corresponderá ceder parte de lo que ya se ha ganado, con la ventaja de estar en su propio terreno. En su papel deberá compartir o bien renunciar a los sentimientos de Peter Pan, pero en uno u otro caso, se verá obligada a aceptar a su rival.
         La niña aparentemente estaría transmitiendo una solvencia, la misma que le otorga esa aura protectora, esa parte de madre universal que en los límites de su infantil humanidad atrae a Peter Pan. Pero en definitiva, la que lo acompaña y por tanto solventa en el mundo en que él quiere vivir ¿no es Campanilla? Esta última cuenta con mucho a su favor, nunca deberá enfrentarse, ni la alcanzará “la puta realidad”. Lo fantástico para ella es lo normal, porque es toda fantasía. Es una criatura cuya condición la hace querer agradar y ser aceptada, pero que sólo podrá ser querida en los límites impuestos por la magia, fuera de la irrealidad no tiene cabida. ¿A qué es el cuento de siempre?
          Peter Pan como tal, puede permanecer solamente  con Campanilla en el País de nunca jamás. Esto es,  el eternizarse con Campanilla en tanto lo transporta con su magia, pero eso sí, en un mundo escondido. El quedarse junto a Wendy significaría enfrentar las responsabilidades propias de vivir en una comunidad real y en las condiciones socialmente aceptadas. Imposible. Mejor que no lo intentara, no habría posibilidades de éxito. ¿Acaso, errores como ese no los comprobamos a diario?
         Ahora bien, ¿por que los seres humanos tendemos a polarizar dramáticamente las soluciones? Por lo menos en nuestro cuento infantil, y por ser tal, podríamos acercarnos a un término medio.
Estoy segura que en la época (1904) en que “Peter Pan” vio por primera vez la luz como obra teatral, las jóvenes espectadoras se habrán sentido defraudadas en tanto Wendy no pudo arrastrar a nuestro héroe a lo que concebían como un mundo de normalidad. Hoy, sin temor a equivocarme, podría afirmar que las niñas lo que no perdonarían sería la inadaptación de Wendy, a quien acusarían de no saber manejar su libertad. Esas posturas según su tiempo, si bien siguen siendo antagónicas, mantienen un punto de contacto: Wendy, la niña mujer con vocación de madre universal.
Pero la distancia entre la mujer de antes y la de hora se ha profundizado y extendido de modo abismal, pero si lo analizamos, sólo en apariencia. En su día, ella era la única  custodia del germen de la vida, más, la exclusividad en punto a la concepción le ha sido paulatinamente arrebatada, primero por una probeta, luego por los intentos de clonación y en la actualidad por la manipulación de células madre, aún así, permanece insustituible al momento de ejercer el amparo y la protección. En síntesis, ese rol sólo ha variado en punto a la gestación, no así, respecto a la auténtica misión: madre no es sólo la que da vida a un ser, sino la que da su propia vida al mismo.               
Así, retomando el cuento, al inicio, ha quedado dicho que como personaje Wendy,  a las claras,  queda encasillada dentro de un look maternal, el que a raja tabla se intenta mantener en el transcurso de toda la historia. Sin embargo, al menos en la última versión, nuestra pequeña heroína se aparta de ese riguroso encasillamiento al sentirse atraída por la agresiva personalidad del Capitán Garfio. Tal vez esa suerte de desliz se debiera a la influencia del medio, al pasajero encandilamiento ante el entorno mágico o a la temporal libertad para disfrutarlo. Pero me arriesgaría a suponer que no, que es más una inconsciente  declaración de independencia emocional. El perfil de “protectora” se desdibuja para dar cabida al reconocimiento de la fuerza, tal vez encaminada al mal, pero propia de aquél, no producto  de artimañas ni dones otorgados por un hada también “protectora”, sino un conductor de hombres, amo de su navío. El Capitán Garfio le da la oportunidad de un nuevo rol, una actividad prestada fuera del ámbito cotidiano: la cuenta cuentos. Cumple la misma función, pero íntimamente con otro rango, con un cierto matiz de autonomía, con otro reconocimiento. Pero no cabe el engaño, tanta ilusoria comprensión por parte de semejante elemento, no podía menos que esconder una segunda intención: atrapar a Peter Pan.
         Hasta ahora, nuestra seudo infantil historia tiene más realidad que ficción. El desengaño, el complejo de culpa y otras yerbas, o lo que es lo mismo, la incertidumbre de caminar por una tabla para ser arrojada al mar para ser devorada por un cocodrilo y lo que es peor, junto a sus hijos adoptivos,  obligan a Wendy a retrotraerse nuevamente a su postura inicial, más firme, más segura.
         A que nos conduce todo esto, a que desde pequeños y solapadamente se nos dan pautas de resolución arbitrariamente preestablecidas que nuestro subconsciente asimila. Sin embargo la cosa no queda aquí, no todas las mujeres somos Wendy, ¿eso significaría sufrir el síndrome de anti-Wendy? Suena descabellado ¿verdad? Pero no lo descartemos, porque todo dependerá de quien lo mire.
         Hallar un término medio, es sólo un cuento. Si nuestra heroína se quedara con Peter Pan y toda su magia, destrozaría a su familia y daría origen a una camada de niños sin rumbo. Eso, sin detenernos en el nefasto desenlace que podría sobrevenir del enfrentamiento con Campanilla o en su caso, de los infundados reproches de Peter Pan por sus devaneos de  con el Capitán Garfio que casi le cuestan el tipo. Así después de todo, estaría por rendirme a la preconcebida y fácil solución que encontró el preclaro autor de la obra: ¡la niña a casa! Pero aún así, cada una de nosotras podría ofrecer una adaptación personal de nuestro cuento, quedando subyacente  el interrogante: ¿qué haría  Wendy en este milenio? Tal vez, lo que hubiera hecho yo, que deje de tener su edad hace varias décadas.
Sí, me hubiera encantado ser Wendy, pero a mi manera. Seguramente, habría cometido los mismos errores y con una similar desinteligencia emocional que Peter Pan, como una anti- Wendy, hubiera permanecido en el país de nunca jamás. Pero esta es una decisión adoptada a la luz de mis años, tal vez, porque por no existir, no habría tenido opción a ello.
                                                                       Beatriz Moreno Durán